La movilización de estudiantes secundarios que se expande por Francia comenzó en colegios de barrios populares y expresa un malestar que parece exceder los reclamos estrictamente escolares. Aunque resulta prematuro atribuirle un programa definido o anticipar su desenlace, su desarrollo combina demandas inmediatas, experiencias de desigualdad y un cuestionamiento aún disperso del orden existente.
La comparación con el movimiento de los chalecos amarillos no implica que ambos procesos tengan el mismo sujeto social ni que la dinámica iniciada el 17 de noviembre de 2018 vaya a repetirse. Sin embargo, permite observar un mecanismo común: protestas surgidas desde las bases, alrededor de problemas materiales concretos, que canalizan un malestar que ninguna organización había conseguido unificar.
La iniciativa de los colegios de barrios populares
El hecho de que la protesta haya partido de colegios de los suburbios parisinos es central. Según señala Ulysse Rabaté, la movilización hace visible una “experiencia particular de las desigualdades” vivida en establecimientos de Seine-Saint-Denis y Val-de-Marne. Jóvenes habitualmente tratados como un problema a gestionar y afectados por el racismo de Estado se convierten así en protagonistas de una lucha por la educación.
En el centro de la protesta aparece la distancia entre la promesa de igualdad y las condiciones materiales reales. La falta de docentes, el deterioro de los edificios y la insuficiencia de recursos para acompañar a los alumnos ponen en cuestión la exigencia de un mismo esfuerzo académico para todos. La escuela es uno de los ámbitos donde los hijos de familias trabajadoras experimentan la contradicción entre las promesas de ascenso social y los obstáculos para alcanzarlo. Cuando esa experiencia deja de percibirse como un problema individual, se transforma en una injusticia compartida.
Los códigos culturales de los barrios, desde el lenguaje hasta la vestimenta y el uso de redes sociales, también funcionan como herramientas de movilización. El sentido de pertenencia a esos territorios les permite a los jóvenes hacerse oír. La extensión de las protestas a establecimientos de centros urbanos —el 29 de septiembre en Burdeos, el 30 de septiembre en Rennes y este jueves en París— sugiere además una solidaridad con los jóvenes de los barrios populares y un rechazo a la represión que atraviesan diferencias sociales entre colegios.
Reclamos escolares y preocupaciones sobre el futuro
A diferencia de otras grandes movilizaciones juveniles, esta protesta no se organiza contra una única reforma. Existen demandas compartidas, entre ellas el rechazo al horario de “8:00 a 18:00” y las malas condiciones de estudio, pero cada colegio incorpora necesidades propias. Las jornadas pueden extenderse durante diez horas, con aulas hacinadas, construcciones prefabricadas o deterioradas, falta de profesores y dificultades para almorzar para quienes viven lejos y no cuentan con recursos para ir al comedor.
La diversidad de demandas puede dificultar la unificación, pero también permite que numerosos jóvenes encuentren razones propias para sumarse. La falta de profesores remite al abandono de los servicios públicos; los horarios y la disciplina, a la imposibilidad de decidir sobre la propia vida; y la selección escolar, a la incertidumbre sobre el futuro. De este modo, los reclamos concretos comienzan a abrir un cuestionamiento más amplio de las condiciones de existencia.
Los testimonios publicados por Le Monde el jueves 1 de octubre reflejan esa ampliación. En el liceo Faidherbe de Lille, Fanny, una alumna próxima a cumplir 17 años, mencionó las condiciones de trabajo degradadas, las clases sobrecargadas y la necesidad de realizar obras en el edificio. Pero también expresó inquietudes por las catástrofes climáticas, la inteligencia artificial y el riesgo de un triunfo de la Agrupación Nacional en las elecciones. Aunque se define como privilegiada por tener dos padres con empleo y buenos ingresos, sostuvo que ello no modifica el futuro que, a su juicio, espera a su generación.
En numerosos bloqueos también se manifestó un fuerte apoyo a Palestina. Un cartel levantado el 25 de septiembre decía: “arman al país, desarman nuestro futuro”. A su vez, estudiantes secundarios hicieron referencia al 17 de octubre, fecha que circuló en redes sociales para denunciar el precio del combustible y que fue impulsada por jóvenes trabajadores de barrios populares. Estos elementos muestran que las demandas escolares son un motor fundamental de la protesta, pero no agotan el malestar que atraviesa a distintos sectores de la juventud.
La revuelta se desarrolla en torno a una tensión particular: los jóvenes reclaman poder estudiar dignamente, pero comienzan a cuestionar que estudiar y esforzarse aseguren una vida mejor. En Francia, las promesas de Emmanuel Macron sobre el progreso mediante el esfuerzo individual están desacreditadas, mientras el neoliberalismo ha mostrado un perfil autoritario y represivo, especialmente contra la juventud de los barrios populares. La evolución del movimiento dependerá de la respuesta del poder, de sus vínculos con otros sectores explotados y oprimidos y de las experiencias colectivas que pueda construir.
La represión como factor de ampliación
La respuesta policial introdujo una nueva experiencia común entre los movilizados. Solo este jueves se registraron 1.949 detenciones. A la desigualdad en materia educativa se suma la denuncia de represiones frente a los colegios, arrestos y estudiantes heridos. La defensa del derecho a movilizarse se volvió, por ello, una cuestión central.
La represión busca dispersar, intimidar y desalentar la participación, pero también desplaza el debate hacia el comportamiento de quienes protestan. En lugar de responder por el deterioro de la educación, el Gobierno exige a los jóvenes que justifiquen sus métodos. El artículo señala que esta estrategia se apoya en un imaginario racista, como ocurrió con la noticia falsa sobre supuestos “ataques con ácido” difundida por el primer ministro Sébastien Lecornu.
Las acusaciones de manipulación por parte de La Francia Insumisa o de “la extrema izquierda” siguen la misma lógica: cuestionan la capacidad de los adolescentes para decidir movilizarse, pese a que pueden describir las dificultades de sus colegios. Si bien la represión puede desgastar al movimiento, sobre todo cuando sus participantes quedan aislados, también puede fortalecer la solidaridad y convertir un reclamo educativo en una disputa por derechos democráticos.
En este marco, se plantea la necesidad de defender a todos los estudiantes movilizados, sin establecer diferencias entre alumnos considerados “legítimos” y jóvenes de barrios populares o “alborotadores”. Esa defensa debería incluir el acompañamiento a las familias, apoyo jurídico y denuncias públicas contra las sanciones. El cierre de cientos de colegios para quebrar las protestas aparece como otra forma de represión. Frente a ello, se menciona la decisión de docentes del liceo René Cassin de Gonesse de negarse a dar clases a distancia.
El papel de universitarios y trabajadores
La movilización secundaria no se traduce necesariamente en hostilidad hacia toda intervención partidaria. Ulysse Rabaté observa que algunos representantes políticos son recibidos como apoyos útiles, entre ellos Louis Boyard y Bally Bagayoko, de La Francia Insumisa, así como Anasse Kazib, Elsa Marcel y Christian Porta, de Révolution Permanente, en Saint-Avold. También existe simpatía entre los alumnos hacia el acompañamiento de sus profesores.
El texto plantea que ese apoyo debe ampliarse con la participación activa del movimiento universitario. El encuentro entre secundarios del colegio Paul Éluard y estudiantes de París 8 en las calles de Saint-Denis es presentado como un primer paso. También se mencionan el llamado de Rennes 2 a bloquear la universidad y unirse a los colegios, además de acciones en la Universidad Paris Cité y en el campus La Chapelle de la Universidad Paris 1.
Los universitarios podrían aportar experiencia, espacios para reunirse y herramientas de organización mediante asambleas y coordinadoras democráticas. Las organizaciones políticas y sindicales, según el artículo, deberían contribuir a fortalecer esas instancias, como propone la agrupación estudiantil El Puño en Alto (Le Poing Levé).
El respaldo del movimiento obrero es presentado como un aspecto estratégico. Este jueves, trabajadores de varias empresas de Le Havre formaron una cadena frente al colegio François Iero para proteger a los estudiantes de la policía. Asimismo, docentes y auxiliares de educación habían impulsado cadenas humanas en el colegio Paul Éluard. Estas acciones muestran una posible alianza entre jóvenes, trabajadores, personal educativo y familias.
Las condiciones de estudio de los hijos de trabajadores y las condiciones laborales del personal educativo dependen de presupuestos, recursos y dotaciones comunes. Sin embargo, una base material compartida no garantiza por sí sola una lucha común. Para que la solidaridad cambie la relación de fuerzas, debería expresarse en presencia frente a los colegios, asambleas conjuntas, vínculos con sindicatos de otros sectores y acciones decididas colectivamente.
El llamado de El Puño en Alto a una semana negra desde el 5 de octubre, entendida como una semana de movilizaciones masivas y confluencia de sectores, y la intención de varias organizaciones juveniles de convocar una movilización de colegios y universidades el 6 de octubre podrían permitir la participación de delegaciones obreras.
Como antecedente, se recuerda la movilización contra el Contrato de Primer Empleo (CPE) de 2006. El proyecto impulsado por el primer ministro Dominique de Villepin proponía para menores de 26 años contratos por tiempo indeterminado con un período de prueba de dos años, durante el cual podían ser despedidos sin causa ni indemnización. Las protestas estudiantiles, las huelgas y la participación de trabajadores obligaron al Gobierno a retirar la medida.
Frente al liceo Faidherbe de Lille, una bandera resumía el desafío con la frase: “Tu nous la mets à l’envers, on te la Mai 68”, un juego de palabras que puede traducirse como: “Si cagás, te armamos un Mayo del 68”. La perspectiva planteada es que la rebelión de la juventud encuentre apoyo activo en el movimiento obrero, al tiempo que la iniciativa juvenil podría devolver confianza a sectores que atravesaron derrotas o movilizaciones con resultados limitados.
De la expansión espontánea a la organización
La protesta cuenta con una fuerza inicial evidente: se propagó espontáneamente a escala nacional e incluso llegó a Bélgica. Sin embargo, los vínculos que permiten organizar bloqueos en cada establecimiento no bastan para coordinar cientos de colegios, elaborar demandas comunes o definir un plan de acción. Las redes sociales aceleran la circulación de experiencias, pero la organización es la que permite debatir y decidir.
Una coordinadora construida desde asambleas podría reunir reclamos comunes, como mayores recursos educativos, el fin de Parcoursup y la lucha contra la represión, sin borrar las demandas particulares de cada colegio. Parcoursup es la plataforma estatal que centraliza las postulaciones y la asignación de vacantes para el primer año universitario en Francia. Su sistema analiza promedios del secundario y cartas de motivación, lo que genera estrés entre los jóvenes ante la posibilidad de quedar en lista de espera.
El desafío señalado es transformar la indignación en organización y solidaridad duradera, extendiéndola a nuevos sectores de explotados y oprimidos. Las cadenas de trabajadores frente a los colegios expresan la posibilidad de una lucha común contra las políticas que deterioran la educación, las condiciones laborales de las familias y el futuro de la juventud.
