La llegada del papa León XIV a la Argentina podría generar una breve escena de aparente unidad nacional entre los principales dirigentes políticos. Habrá ceremonias, saludos protocolares y fotografías, mientras los llamados a la concordia buscarán desplazar temporalmente el clima de crisis. Sin embargo, las referencias del Pontífice a la justicia social, el trabajo y la dignidad humana podrían sumar tensiones para Javier Milei.

Más allá de esa posible pausa, el Gobierno atraviesa una crisis marcada por un creciente aislamiento. La soledad de Milei ya no se limita al plano interno: también comienza a proyectarse en el terreno internacional.

El presidente había asociado de manera abierta su experiencia política con Donald Trump y Benjamin Netanyahu, y había presentado a Estados Unidos e Israel como referencias políticas y morales. Esa relación le otorgaba respaldos concretos y una pertenencia simbólica, pero también implicaba que las dificultades de esos liderazgos podían repercutir sobre su propia apuesta.

La interpretación de Milei partía de la idea de un desplazamiento definitivo del mundo hacia la derecha, con sociedades cansadas de las izquierdas, los progresismos, las políticas igualitarias y los derechos sociales. Se veía como parte de una familia política internacional destinada a perdurar. Sin embargo, varios de esos aliados y referentes comenzaron a perder terreno.

En Brasil, Lula derrotó a Flávio Bolsonaro, luego de una primera vuelta que parecía anticipar un nuevo triunfo de la ultraderecha. En Estados Unidos, Trump sufrió una derrota contundente en las elecciones de medio término, en las que los demócratas recuperaron ambas cámaras del Congreso. En Paraguay, Santiago Peña renunció en medio de una crisis financiera y política que aún no encuentra una salida institucional. En Chile, José Antonio Kast enfrenta un rápido desgaste, con una aprobación cercana a una cuarta parte de la población. En Israel, Netanyahu perdió la mayoría parlamentaria que sostenía a su coalición y enfrenta una posibilidad concreta de dejar el poder.

En conjunto, estos hechos componen un panorama distinto al previsto por quienes promovían una nueva internacional reaccionaria. Más que una simple oscilación pendular, exponen la estructura de estas derechas: su capacidad para capitalizar el malestar de millones de personas, pero también sus límites para convertir ese descontento en un orden político nuevo y estable.

También ponen en evidencia las capacidades de resistencia de las sociedades. Antes de los resultados electorales, se expresaron las calles mediante movilizaciones contra Trump, protestas populares y una mayor presencia de conflictos sociales y laborales. El escenario internacional muestra así una intensificación de la lucha de clases, aunque con formas desiguales y resultados todavía abiertos.

Este giro cuestiona diagnósticos que durante años dieron por irreversible el avance del sentido común reaccionario. Se sostenía que la izquierda estaba destinada a la marginalidad, que los trabajadores habían abandonado sus identidades colectivas, que los jóvenes eran mayoritariamente de derecha y que el neoliberalismo radical había encontrado una fórmula para reorganizar la sociedad. Pero las victorias electorales de las derechas podrían haber sido confundidas con una transformación ya consolidada, o con una derrota histórica de sus adversarios.

La situación también tiene consecuencias directas para la Argentina. Milei no solo pierde aliados internacionales: también pierde la ventaja política que le daba la sensación de que los acontecimientos globales confirmaban su diagnóstico. A la vez, los mercados volvieron a expresar desconfianza. Esta semana, el riesgo país alcanzó los 925 puntos básicos, más del doble del nivel registrado en julio. El Merval cayó un 4,1% el jueves y acumula una baja superior al 17% desde el 23 de octubre. Los bonos retrocedieron y las acciones argentinas registraron nuevas pérdidas en un contexto internacional adverso.

En el bloque de poder empiezan a aparecer matices: una cosa es compartir un programa y otra, confiar en quien debe gestionarlo. Mientras los inversores evalúan sus posiciones, la vida cotidiana refleja la caída del consumo, el cierre de industrias, el endeudamiento familiar y el deterioro de los salarios.

Milei conserva poder, pero habría perdido la iniciativa y sus maniobras ya no generan el mismo impacto. Se abre entonces la discusión sobre quiénes permanecerán y qué se hará con la herencia de su experimento. Algunos sectores del poder económico buscan sostener las reformas, incluso si eso exige reemplazar al administrador. Fuerzas políticas tradicionales aspiran a volver al Gobierno con una versión más moderada y gestionable de un programa que, en varios aspectos, también contribuyeron a sostener.

Por otro lado, sectores de trabajadores, jóvenes y movimientos populares no plantean solamente una administración distinta de las consecuencias de la crisis, sino recuperar lo perdido y cuestionar las condiciones que permitieron este experimento. Son proyectos contrapuestos, y una eventual derrota de Milei no resolvería por sí misma cuál de ellos terminará imponiéndose.

Cuando León XIV llegue al país, podría verse una imagen de concordia nacional que, según esta mirada, no se corresponde con una Argentina atravesada por antagonismos profundos. Detrás de esa postal seguirá abierta la disputa por el futuro. El problema para Milei no radica únicamente en que sus aliados internacionales estén perdiendo poder, sino en que el mundo al que había apostado ya no parece inevitable.