Donald Trump llega a las elecciones de medio término en uno de los momentos de mayor debilidad de su carrera política. El estancamiento de la guerra contra Irán, sus consecuencias internas y la búsqueda de respuestas ante una inminente crisis energética lo llevaron a poner la mirada sobre Rusia y Ucrania, además del saqueo del petróleo venezolano tras la operación militar que secuestró a Maduro e instaló un protectorado neocolonial bajo el control de Delcy Rodríguez.

Sus niveles de desaprobación alcanzaron nuevos máximos, impulsados en gran parte por una crisis del costo de vida que se profundizó por la guerra, los aranceles y las políticas migratorias. Detrás de este cuadro también se asoma una crisis económica que las inversiones en inteligencia artificial apenas logran ocultar.

La Corte Suprema emitió fallos adversos para Trump en varios asuntos relevantes, entre ellos sus intentos de eliminar la ciudadanía por nacimiento y de negar atención médica a personas trans encarceladas. A esto se sumó un revés inesperado: la derrota de Flávio Bolsonaro en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, pese a la abierta injerencia mediante empresas como Meta, propietaria de Facebook, Instagram y WhatsApp. El resultado podría tener consecuencias en una región que permanece bajo la influencia del imperialismo estadounidense.

La guerra contra Irán también acentuó las divisiones dentro de la coalición que dio forma al trumpismo durante la última década. Las tensiones ya se encontraban cerca de un quiebre luego de la reacción contra el operativo de ICE en Minneapolis, que afectó a Trump en un terreno que había sido una de sus principales fortalezas: la inmigración. El resultado de estas elecciones permitirá perfilar el escenario político del postrampismo.

En la elección del 3 de noviembre no solo se definirá el control del Congreso. También se pondrá a prueba la magnitud del malestar con Trump y la capacidad de los populistas progresistas dentro del Partido Demócrata para atraer a los sectores cansados del statu quo y contener su descontento.

Qué se elige en las elecciones de medio término

Las llamadas midterms se realizan a mitad del mandato presidencial de cuatro años. Aunque el presidente no figura en la boleta, la votación renueva una parte considerable de las estructuras de poder federal y estatal.

Se elige la totalidad de la Cámara de Representantes, integrada por 435 bancas. Los representantes ejercen mandatos de dos años, por lo que toda la composición de la cámara baja se renueva en cada elección de medio término.

También se renueva aproximadamente un tercio del Senado. La cámara alta cuenta con 100 miembros, dos por cada estado, y los senadores tienen mandatos de seis años. Por eso, en cada elección de medio término se disputan 33 o 34 bancas.

Además, decenas de estados votan gobernadores, legislaturas estatales, fiscales generales y secretarios de Estado, funcionarios que administran las elecciones en cada distrito. En muchos territorios también se celebran referéndums y plebiscitos sobre asuntos locales de fuerte impacto, como el derecho al aborto, la legalización de la marihuana o aumentos del salario mínimo regional.

Cómo se vota en Estados Unidos

Estados Unidos no cuenta con una autoridad electoral nacional centralizada equivalente a una Junta Electoral Federal o a una Dirección Electoral Nacional. Cada uno de los 50 estados, e incluso los condados dentro de cada estado, determina sus propias reglas, lo que genera diferencias importantes según el lugar de residencia.

Entre las modalidades disponibles se encuentra el voto presencial durante la jornada electoral, en la mesa asignada a cada ciudadano. También existe el voto anticipado o Early Voting, que permite sufragar en persona días o semanas antes de la fecha oficial.

Otra alternativa es el voto por correo o Mail-in Voting. En estados como Oregon, Washington y California, las personas registradas reciben la boleta en sus domicilios y pueden devolverla por correo o depositarla en buzones de seguridad. En otros estados conservadores, esta forma de votación requiere justificaciones médicas o laborales sometidas a regulaciones estrictas.

En Estados Unidos es necesario registrarse expresamente para votar. La exigencia de presentar una identificación con foto varía de acuerdo con cada estado. Algunos piden documentos específicos, como licencias de conducir locales, una condición que puede dificultar el acceso al sufragio de minorías y personas de menores ingresos, dado que no existe un documento nacional obligatorio. Otros permiten acreditar la identidad mediante firmas o facturas de servicios públicos.

El sistema para elegir diputados

A diferencia de las elecciones presidenciales, regidas por el Colegio Electoral, las legislativas se organizan principalmente mediante el sistema de distrito uninominal o Single-Member District. El país se divide en 435 distritos geográficos y cada uno elige a un único representante.

La banca queda para el candidato que obtiene un voto más que su competidor inmediato. No existe un mecanismo de representación proporcional comparable al reparto por Ley D’Hondt: quien termina primero obtiene el 100% de la representación del distrito, mientras que el segundo, incluso con el 49% de los votos, no consigue ninguna banca.

Este esquema castiga especialmente a las terceras fuerzas. Una corriente que alcance entre 15% y 20% de los votos a nivel nacional, pero no logre imponerse en ningún distrito, puede quedar sin representación parlamentaria. Hay excepciones, como Georgia, donde se exige superar el 50% o ir a una segunda vuelta, y Maine y Alaska, que aplican el voto por orden de preferencia o Ranked-Choice Voting. Sin embargo, el sistema predominante sigue siendo el de distrito uninominal.

Gerrymandering: la disputa por los mapas electorales

El sistema de distrito uninominal depende de cómo se trazan los límites geográficos de cada distrito. Luego de cada censo nacional, realizado cada diez años, los partidos que gobiernan los estados rediseñan esas fronteras.

Habitualmente, el oficialismo estatal ajusta los mapas para favorecer sus posibilidades electorales antes de que se vote. Esta práctica legal, conocida como gerrymandering, provoca que decenas de bancas queden prácticamente definidas antes de la apertura de las urnas.

Por qué las elecciones se realizan un martes

Las elecciones federales se llevan a cabo el primer martes posterior al primer lunes de noviembre, una regla fijada por el Congreso en 1845. Que se vote en un día laborable afecta particularmente a trabajadores que no pueden pedir permiso para acudir a las urnas.

La fecha responde a las condiciones de una sociedad mayoritariamente agraria, en la que los traslados se realizaban a caballo o en carruaje. El domingo quedaba descartado por motivos religiosos y el miércoles era el día de mercado para los agricultores. Quienes debían viajar desde sus campos hasta la cabecera del condado podían salir el lunes y votar el martes, sin interrumpir ni las actividades religiosas ni comerciales.

Noviembre fue elegido porque las cosechas de otoño ya habían finalizado y el invierno todavía no había vuelto intransitables los caminos rurales. Aunque la economía cambió profundamente y la fecha representa un problema para millones de trabajadores sin licencia laboral paga, se mantiene por tradición e inercia legislativa.

Proyecciones y escenarios electorales

Históricamente, las elecciones de medio término suelen perjudicar al partido que controla la Casa Blanca. Los pronósticos de centros de análisis muestran una tendencia favorable a la oposición demócrata.

La Cámara de Representantes aparece como el ámbito con mayores probabilidades de que el Partido Demócrata recupere el control frente a los republicanos. Las proyecciones estiman que los demócratas podrían obtener entre 227 y 241 bancas, por encima de las 218 necesarias para alcanzar la mayoría.

En el Senado, el panorama es más estrecho. Los republicanos defienden una ventaja, pero una pérdida neta de cuatro bancas les permitiría a los demócratas revertir la mayoría. Los modelos les conceden a estos últimos una leve ventaja competitiva, aunque dentro de un margen de error reducido.

Entre los estados más disputados para el Senado se encuentran Ohio, Michigan, Wisconsin y Georgia. Maine, Alaska, Iowa, Kansas y Texas también forman parte de los territorios decisivos para ambos partidos, en un Senado donde los republicanos mantienen una ventaja de 53 a 47.

En la Cámara de Representantes, se calcula que solo entre 45 y 47 de los 435 distritos son realmente competitivos. La mayoría se localiza en zonas suburbanas de estados clave como California, Nueva York, Pensilvania y Virginia.

La cuestión central no es únicamente qué fuerza reunirá más votos a nivel nacional, sino cuál conseguirá las mayorías operativas en el Capitolio: 218 bancas en la Cámara de Representantes y 51 en el Senado.

Si la oposición obtiene el control de al menos una de las cámaras, el país ingresará en un escenario de gobierno dividido. En ese contexto, la Casa Blanca perdería capacidad para aprobar presupuestos y leyes relevantes sin negociar concesiones. A su vez, un Congreso opositor tendría facultades para abrir investigaciones, convocar a integrantes del gabinete y bloquear o acelerar las designaciones de jueces y diplomáticos.

Por este motivo, aun sin una elección presidencial, las elecciones de medio término pueden modificar de manera profunda el mapa del poder en Washington y condicionar el rumbo de la política internacional en los años posteriores.

El artículo plantea que ninguna elección resolverá la crisis profunda del régimen bipartidista. Mientras Trump aparece acorralado y, por ello, más peligroso, el Partido Demócrata intenta establecer desde arriba los límites de su insurgencia progresista. Ambos enfrentan a una población cansada de la guerra, de ICE y del elevado costo de vida, en un escenario que podría agravar las fracturas de los dos partidos capitalistas e impulsar una creciente politización por fuera del ciclo electoral.