A casi una semana de las elecciones en Brasil y en vísperas de los comicios legislativos de mitad de mandato en Estados Unidos, la reelección de Lula ya provoca movimientos en el escenario internacional. El resultado brasileño tuvo un impacto que excede ampliamente el ámbito nacional y representa un revés para la estrategia regional de Donald Trump.
Según Benjamin Gedan, director del programa de América Latina del Stimson Center, la derrota de Bolsonaro constituye un golpe indiscutible para los planes de Trump en Sudamérica. El mandatario estadounidense esperaba consolidar una llamada “ola naranja” en la región y contar con un aliado en Brasilia, pese a la relación que dice mantener con Lula. Trump calificó el resultado como una “vergüenza y desastre”, aunque reconoció de forma implícita que no podía hacer demasiado para sostener a sus aliados bolsonaristas.
El texto sitúa este traspié en un contexto de otros reveses para Trump, entre ellos la lucha de Minneapolis, que paralizó la ciudad y lo llevó a retroceder en su ofensiva contra la inmigración local, además de la derrota militar en la guerra contra Irán.
También resulta afectado Marco Rubio, secretario de Estado de Trump y encargado de la política orientada a recuperar el “Hemisferio Occidental” para la esfera de influencia de Washington frente a China. Rubio había recorrido Colombia, Ecuador y Perú para alinear a gobiernos de derecha del norte de Sudamérica en torno a una agenda de seguridad, militarización y control fronterizo, con la intención de incorporar a la Amazonía brasileña.
Rubio fue señalado como responsable de la incursión militar estadounidense en Venezuela y de su conversión en un protectorado neocolonial, así como de la campaña de asfixia contra la economía cubana. Asimismo, estuvo detrás de los aranceles contra Brasil y del envío de Javier Milei para respaldar la campaña de Flávio Bolsonaro. Su fracaso, sostiene el artículo, no elimina la advertencia sobre una aceleración de la agenda “antinarcoterrorista” de Estados Unidos mediante el Escudo de las Américas, una iniciativa del Pentágono para reforzar su presencia en el Cono Sur.
La fuga de Flávio Bolsonaro, organizada entre Washington, Buenos Aires y Quito, es presentada como parte de esa misma iniciativa. El artículo cuestiona que Estados Unidos persiga a trabajadores inmigrantes a través del ICE mientras ofrece refugio en Florida a aliados identificados como criminales, milicianos y narcotraficantes.
Trump mantiene, no obstante, varios aliados regionales. Entre ellos figuran Javier Milei en Argentina, Abelardo de la Espriella en Colombia, Nayib Bukele en El Salvador, José Antonio Kast en Chile, Keiko Fujimori en Perú, Rodrigo Paz en Bolivia y Daniel Noboa en Ecuador. El texto los describe como dirigentes que, con distintos matices, se subordinan a la agenda de Washington. Milei fue acusado por la diputada socialista Myriam Bregman de actuar como un operador de segunda categoría en la fuga bolsonarista.
Para Trump, contar con un presidente de extrema derecha en la mayor economía sudamericana era un objetivo estratégico, especialmente ante una probable derrota republicana en las elecciones de mitad de mandato de Estados Unidos, donde las previsiones anticipan la pérdida de la Cámara de Representantes. A los sectores trumpistas tampoco les agradó que aliados como Espriella, Kast y Fujimori reconocieran rápidamente la victoria de Lula antes de que existiera una recomendación desde Estados Unidos.
Los demócratas estadounidenses, por su parte, celebraron el triunfo de Lula y lo incorporaron a su ofensiva política contra Trump. Alexandria Ocasio-Cortez, Zohan Mamdani y Bernie Sanders felicitaron al presidente brasileño, al igual que Gregory Meeks, referente demócrata en la Comisión de Asuntos Exteriores de la Cámara de Representantes, y Tim Waltz, ex candidato presidencial y gobernador de Minnesota, quien definió el resultado como una “victoria mundial”. Según el artículo, este sector del imperialismo estadounidense, que tuvo responsabilidad en el golpe institucional de 2016 en Brasil, busca apoyarse en Lula para limitar la influencia trumpista en la región después de los comicios de noviembre.
China también celebró el revés de Trump. Xi Jinping felicitó a Lula y destacó el carácter global, estratégico y de largo plazo de los vínculos entre ambos países. En su mensaje, sostuvo que ambos líderes impulsaron una comunidad China-Brasil con un futuro compartido, orientada hacia un mundo más justo y sostenible, y presentada como un ejemplo de cooperación entre países del Sur Global. Hu Xijin, destacado propagandista de Pekín, afirmó que Lula frustró la estrategia de Trump en América Latina al impedir que Brasil quedara bajo su dominio.
En Europa, dirigentes como Ursula von der Leyen, Pedro Sánchez, Emmanuel Macron y Friedrich Merz felicitaron a Lula en un escenario de tensiones con Estados Unidos por la guerra en Ucrania. El Gobierno alemán elogió el “Estado de derecho brasileño” tras la fuga de Flávio. En España y Francia, los gobiernos buscan utilizar el resultado brasileño para sus propias campañas contra la extrema derecha, aunque el artículo señala que han contribuido al fortalecimiento de esas fuerzas. Francia atraviesa una rebelión de estudiantes secundarios contra Macron y el Rassemblement National de Marine Le Pen, en rechazo a la precariedad educativa y laboral, mientras que Pedro Sánchez enfrenta movilizaciones por la crisis de vivienda y el aumento del costo de vida.
El artículo sostiene que combatir la injerencia de Estados Unidos requiere enfrentar tanto a republicanos como a demócratas. A la vez, advierte que China no constituye una alternativa progresista, ya que persigue sus propios intereses en la extracción de materias primas, minerales estratégicos y tierras raras, en el control energético regional y en la expansión de mercados para sus productos.
Medios internacionales también destacaron las consecuencias del resultado. El Financial Times señaló que figuras políticas brasileñas de todo el espectro rechazaron los intentos de Flávio Bolsonaro por desacreditar las elecciones presidenciales antes de huir a Estados Unidos y presentarse como líder en el exilio. The Guardian indicó que, pese a que Trump ofreció refugio a Bolsonaro, investigado penalmente en Brasil, es improbable que Washington abra una gran disputa con Lula por su aliado. The New York Times consideró que el respaldo de la Casa Blanca a Bolsonaro podría aumentar las tensiones con Lula, quien acusó a Trump de interferir en asuntos internos de Brasil. The New Yorker, por su parte, habló de una “contraofensiva anti-derechista”.
Sin embargo, el texto advierte que la reelección de Lula no supone la desaparición del bolsonarismo ni de la ofensiva imperialista sobre Brasil y América Latina. Tras sus derrotas en Oriente Medio, Estados Unidos podría buscar triunfos más accesibles en su zona de influencia inmediata. Cuba, Venezuela y otros países latinoamericanos aparecen entre los posibles objetivos, mientras que la contención de China continúa siendo una prioridad para el establishment bipartidista estadounidense.
La desaceleración económica global, las disputas geopolíticas, la militarización de los conflictos entre Estados y el deterioro de las condiciones de vida de millones de trabajadores conforman, según el análisis, un escenario de inestabilidad. Este contexto favorece las guerras regionales, el avance de gobiernos autoritarios, el fortalecimiento de aparatos represivos y una mayor militarización de la política.
América Latina recupera así una relevancia estratégica para Estados Unidos. La estrategia denominada “Gran América del Norte” expresa el intento de reorganizar el continente como una zona económica, política y militar subordinada a los intereses de Washington. Para el artículo, esta orientación profundizará las crisis de los regímenes políticos y podría impulsar nuevos procesos de lucha de clases y movilización de masas.
Aunque Lula se presenta como opositor de Trump y en ocasiones reivindica la soberanía nacional, el texto afirma que desde 2024 realizó gestos conciliadores hacia el republicano. Lula llegó a elogiar la “química y la petroquímica” entre ambos y, tras la Asamblea General de la ONU de 2025 en Nueva York, describió el vínculo como un caso de “amor a primera vista”. También se le cuestiona no haber enfrentado seriamente la intervención política y militar en Venezuela y, junto a Claudia Sheinbaum, negarse a enviar petróleo a Cuba en el marco del embargo estadounidense.
El artículo considera que esa moderación frente a Washington incentiva una mayor audacia imperialista. Sostiene que Brasil no puede enfrentar solo la injerencia estadounidense y que las fuerzas sociales que derrotaron el sistema del 6×1 y salieron a las calles contra la extrema derecha, muchas veces contra las directrices del PT, son las que podrían impulsar una respuesta contra Trump.
Finalmente, plantea que mientras la movilización popular permanezca subordinada al “progresismo” y al “frenteamplismo”, orientados a administrar el capitalismo mediante concesiones limitadas, las crisis continuarán profundizándose. Cuestiona al gobierno de Lula-Alckmin por aplicar austeridad y gestionar el neoliberalismo, y propone un programa de independencia de clase y antiimperialista que supere al PT desde la izquierda y permita construir un partido revolucionario internacionalista en Brasil.
Como referencia, el texto menciona las luchas de la juventud y de la clase trabajadora en Francia, España, Serbia, Albania e Italia. En particular, presenta las movilizaciones francesas como una anticipación de un camino disruptivo de alcance internacional, evocando la amenaza de un nuevo Mayo del 68 frente a la clase dominante.
