El avance electoral de las ultraderechas convive con una nueva ola de movilizaciones sociales en Europa. Este es el eje del editorial de El Círculo Rojo, programa de La Izquierda Diario emitido los sábados de 12 a 14 por Radio Con Vos (89.9 FM).
Una parte importante de los análisis políticos actuales plantea una asimetría: cuando la derecha triunfa en una elección, se interpreta como una transformación profunda e irreversible de la sociedad; en cambio, cuando cientos de miles de personas se movilizan contra gobiernos y medidas oficiales, se lo reduce a un episodio pasajero de conflictividad. Mientras las victorias electorales de la extrema derecha son presentadas como hechos históricos, las movilizaciones populares suelen ser consideradas fenómenos transitorios.
Las elecciones de Brasil reactivaron esta lectura. Flávio Bolsonaro consiguió el 47% de los votos, frente al 45% de Lula, y ambos competirán en la segunda vuelta del 25 de octubre. El hijo de un expresidente condenado por golpista quedó en primer lugar, mientras que el Partido de los Trabajadores recibió un duro golpe luego de casi cuatro años de gobierno. Sin embargo, la diferencia entre los candidatos no alcanza los dos puntos, un dato que también expresa una realidad del país y que impide concluir que Brasil se haya convertido de manera irreversible en una sociedad reaccionaria.
Como sucedió con Trump, Milei y las derechas radicales europeas, el crecimiento de estas fuerzas suele explicarse a partir de un supuesto cambio de mentalidades: el impacto de las tecnologías digitales, el individualismo, la crisis de los vínculos colectivos o la expansión de ideas conservadoras entre los jóvenes. Aunque son factores existentes, a menudo se los utiliza para sustituir la explicación política y desligar las transformaciones sociales de las experiencias de gobierno y de las condiciones materiales de vida.
En Brasil, el PT asumió con la promesa de reconstruir lo destruido por el bolsonarismo. No obstante, mantuvo buena parte de las reformas laborales regresivas, sostuvo alianzas con sectores tradicionales del poder económico y subordinó las demandas populares a los equilibrios fiscales y a las negociaciones con la derecha. Así se repite una paradoja conocida: gobiernos que se presentan como un freno a la reacción terminan administrando una situación social que favorece su crecimiento.
Al mismo tiempo, existen otros procesos relevantes en Brasil. Durante esta semana, miles de estudiantes se movilizaron en Río de Janeiro contra el avance bolsonarista. La protesta también tuvo inicio en universidades y contó con la participación de organizaciones juveniles y sectores de trabajadores. Entre sus reclamos figura el fin del régimen laboral de seis días de trabajo por uno de descanso.
En Europa se desarrolla un fenómeno similar. Durante años se describió al continente como un territorio marcado inevitablemente por el avance de las ultraderechas, con referencias a Marine Le Pen en Francia, Vox en España y las derechas nacionalistas en Bélgica y otros países. Cada resultado electoral parecía confirmar el abandono de las tradiciones de lucha por parte de las nuevas generaciones y un desplazamiento permanente del escenario político hacia la derecha.
Sin embargo, Francia atraviesa una rebelión estudiantil iniciada en liceos de barrios populares y extendida luego a universidades, docentes y sectores de trabajadores. Los jóvenes cuestionan el deterioro de la educación pública y un futuro atravesado por la precariedad, mientras el gobierno de Macron mantiene los recortes presupuestarios.
En Bélgica, las movilizaciones contra el ajuste se expandieron desde los centros educativos hacia los sindicatos y el transporte. Este viernes, más de 50 mil personas marcharon en Bruselas contra las políticas gubernamentales. Los estudiantes rechazan las subas de matrículas y los recortes en educación, mientras los trabajadores enfrentan ataques contra las jubilaciones, las prestaciones sociales y las condiciones laborales.
En España, el derecho a la vivienda se convirtió en el centro de una amplia movilización. Decenas de miles de personas marcharon en Madrid y las protestas llegaron a más de cincuenta ciudades contra los alquileres inaccesibles, los desalojos y el negocio inmobiliario. Un movimiento surgido desde abajo logró instalar en la agenda la convocatoria a una huelga general. El conflicto interpela tanto a las derechas como a los límites de los gobiernos progresistas, que no han respondido a una de las principales causas de empobrecimiento de la población.
Estas movilizaciones no derrotaron a la extrema derecha, pero cuestionan la mirada fatalista según la cual su crecimiento refleja una sociedad enteramente reaccionaria, sin actores sociales capaces de enfrentarla.
El concepto para interpretar el presente no sería el de una derechización lineal, sino el de una polarización profunda. No se trata únicamente de una división entre partidos y candidatos, sino también de un proceso social: la radicalización reaccionaria convive con tendencias de resistencia, organización y radicalización en sentido opuesto. El malestar frente al orden vigente no tiene un único destino político.
La distinción resulta central para América Latina. El mapa electoral regional puede continuar sumando gobiernos de derecha y extrema derecha, pero no debe confundirse ese mapa con la totalidad de las relaciones de fuerzas sociales. Una derrota electoral no supone la desaparición de la capacidad de resistencia de millones de trabajadores y jóvenes.
La discusión, por lo tanto, es estratégica: se trata de definir qué orientación puede reunir, organizar y conducir esas fuerzas hacia victorias. La experiencia de los últimos años expone los límites de una política que reduce el antifascismo a la defensa del mal menor y la oposición al ajuste a la promesa de administrarlo con mayor sensibilidad. Si el malestar que alimenta a la derecha recibe como única respuesta la preservación de lo existente, la derecha puede volver a aparecer como la única alternativa de ruptura.
Las protestas europeas muestran otra posibilidad. Cuando la bronca adquiere una forma colectiva, cambian los términos de la discusión: ya no se trata solamente de definir quién administra el gobierno, sino qué intereses deben ordenar la sociedad. Las movilizaciones no aseguran por sí mismas un triunfo, pero permiten construir una fuerza que no dependa exclusivamente de los calendarios electorales ni de los acuerdos entre dirigentes.
Esta discusión también tiene una expresión inmediata en Argentina. El próximo 15 de octubre está convocada una movilización al Congreso, en el marco de la sesión impulsada para rechazar el DNU 70/23. Allí confluirán trabajadores, estudiantes, docentes, jubilados, organizaciones sociales y quienes enfrentan la entrega de tierras y el ajuste de Milei. La experiencia reciente mostró que la movilización puede forzar retrocesos del Gobierno, aunque también evidenció que las negociaciones parlamentarias y las maniobras judiciales pueden buscar preservar aspectos esenciales de su programa.
La conclusión que atraviesa el escenario desde Brasil hasta Europa y que se proyecta sobre Argentina es que la extrema derecha no es invencible, pero tampoco caerá solamente por el fracaso de sus propias promesas. La política no se reduce a una disputa entre algoritmos ni a una fotografía electoral inmóvil: es una confrontación entre fuerzas sociales, proyectos y estrategias. Las derechas avanzan, pero también encuentran resistencias. La historia no está definida de antemano; la cuestión es quiénes se organizan para escribirla, con qué programa y mediante qué métodos.
