La autoorganización se presenta como un desafío estratégico para el actual movimiento en Francia, ya histórico por su masividad y radicalidad. Para abordar ese problema, resulta útil recuperar algunas elaboraciones de Jean-Paul Sartre. El texto fue publicado originalmente en francés el 25/10/2026 en Armes de la Critique, parte de la red internacional La Izquierda Diario en Francia. Traducción: Guillermo Iturbide.

En 1968, Sartre sostenía que hacer una revolución exige oponer un contrapoder al poder existente. Frente al aparato represivo de las clases poseedoras, el Gobierno y el Ejército, ese contrapoder solo puede ser el de los productores, es decir, los trabajadores. Su herramienta decisiva es dejar de entregar su producto a la sociedad: si los productores se incorporan a la lucha, el sistema puede detenerse.

También Rosa Luxemburg advertía que la historia se burla de los burócratas que confían en esquemas prefabricados. Esta idea cobra relevancia ante la dimensión histórica del 17 de octubre, que no reside únicamente en la magnitud y radicalidad de las movilizaciones callejeras. La fecha abrió, al mismo tiempo, una cuestión estratégica: cómo construir un movimiento nacional poderoso, apoyado en la entrada en lucha del mundo del trabajo y orientado hacia una huelga general política.

Cualquiera sea la forma que adopte ese escenario, la intensidad del choque con el poder exige trabajar desde ahora por la más amplia autoorganización de las masas movilizadas. La jornada desestabilizó a la “macronía” y profundizó las tendencias hacia su crisis orgánica, aunque todavía no sacudió por completo las bases del Estado burgués y del poder del capital. Por eso, junto a los debates sobre la fuerza destituyente que emergió, vuelve a plantearse el problema del poder constituyente de la clase revolucionaria: su capacidad para crear, desde el interior del orden que pone en crisis, formas radicalmente nuevas de organizar la sociedad.

El término “autoorganización” apareció después de la Segunda Guerra Mundial en el ámbito científico y posteriormente se difundió en la teoría política. Sin embargo, el problema es mucho más antiguo. Sus raíces se encuentran en las discusiones tácticas del movimiento obrero del siglo XIX, especialmente entre corrientes marxistas y anarcolibertarias: la organización de la clase obrera desde abajo, sin tutela estatal ni de cualquier otra instancia que se imponga desde arriba.

Tras dos siglos de luchas de clases, la noción admite usos diversos y a veces contradictorios, desde los autonomistas hasta partidos institucionales como La Francia Insumisa. Para quienes entienden la autoorganización como una cuestión decisiva para la movilización actual y para la revolución, la obra de Sartre ofrece herramientas de interés. En Crítica de la razón dialéctica, publicada en 1960, el filósofo estudió las contradicciones propias de toda praxis colectiva y de las organizaciones que buscan prolongarse en el tiempo y el espacio bajo condiciones materiales determinadas. Reconocer esas tensiones puede contribuir a fortalecer las formas concretas de autoorganización de clase.

1905: el nacimiento de los sóviets

La primera Revolución Rusa dio lugar a una forma organizativa inédita: los sóviets, o consejos. Eran asambleas de diputados elegidos que representaban a sectores y corrientes de la clase y resolvían, mediante el debate político, las orientaciones de una movilización.

Las reuniones democráticas para tomar decisiones existían desde mucho antes, al menos desde la Atenas clásica. Pero el movimiento obrero del siglo XIX y la Primera Internacional, fundada en 1864, consolidaron ese principio sobre una igualdad generalizada resumida en una fórmula célebre: “la emancipación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos”. La Comuna de París de 1871 fue la primera expresión de democracia obrera a escala urbana; Marx la denominó también “gobierno de los trabajadores”. Sin embargo, fue en Rusia, en 1905 y sin relación directa con la experiencia parisina, donde este tipo de estructura apareció a escala nacional.

Los sóviets de 1905 surgieron a partir de comités de fábrica, de barrios, de campesinos, de marinos y, en ocasiones, de soldados. Se habían formado en torno a demandas locales y concretas, con diferentes grados de politización: jornada laboral, salarios, jerarquías, vínculos con las aldeas y otras condiciones de vida y trabajo. En esos espacios se expresaban aspiraciones y malestares, se construían elementos de conciencia común y se confrontaban experiencias y trayectorias diversas.

Durante la década de 1880 aparecieron comités de huelga ilegales, ya que las mutuales obreras estaban estrechamente vigiladas. Los trabajadores elegían delegados para negociar con las autoridades o los patrones, pero estos organismos eran reprimidos rápidamente cuando declinaban las movilizaciones locales. Las grandes huelgas de 1905 permitieron desarrollar coordinaciones entre los comités y dieron lugar a sóviets que reunían a sus representantes electos.

El proceso revolucionario, iniciado por una oleada de huelgas masivas surgidas a su vez de la rebelión contra la miseria y la represión, hizo posible que las reivindicaciones inmediatas se ampliaran hasta cuestionar, al menos parcialmente, la autocracia y el poder patronal. La autoorganización se impuso entonces como principio revolucionario incluso antes de que los trabajadores concibieran la revolución como objetivo, partiendo de demandas tales como la jornada de ocho horas, salarios dignos, derecho legal de huelga y rechazo a los despidos arbitrarios.

Los proletarios rusos carecían de derechos legales para organizarse. Los sindicatos y partidos revolucionarios estaban prohibidos y la clandestinidad impedía consolidar organismos estables. El historiador Oskar Anweiler señaló que, ante la ausencia de una organización permanente capaz de unificar y dirigir el movimiento, surgió la necesidad de una forma espontánea de autodefensa: el sóviet. La debilidad de sindicatos y partidos abrió paso a asociaciones plenamente proletarias, apoyadas en las uniones profesionales, en las prácticas de deliberación colectiva y elección de delegados de la comunidad rural o mir, y en experiencias cooperativas como el artel. El lugar de trabajo, la fábrica, se convirtió en el punto de convergencia de esos factores.

Cuando los sóviets reaparecieron en marzo de 1917, retomaron el punto en que se había interrumpido la experiencia de San Petersburgo en diciembre de 1905, mostrando que la acumulación de experiencia deja huellas en las formas de razonamiento y organización. Más allá de Rusia, las grandes luchas y, especialmente, los procesos revolucionarios del siglo XX evidenciaron tendencias espontáneas hacia la autoorganización.

Existe una diferencia decisiva entre contar o no con marcos de este tipo. Su vocación democrática no equivale al parlamentarismo burgués, aunque puedan atravesarlos conflictos y riesgos de degeneración. Cuando esos organismos existen, deben librarse luchas para garantizar la democracia directa, pero al menos están presentes algunas de sus condiciones necesarias. Cuando no existen, la lucha difícilmente puede unificar activamente a los sectores más amplios de trabajadores en la toma de decisiones.

Serialidad, fusión e instituciones en Sartre

Recordar 1905 no alcanza para comprender la situación de 2026. También se requieren herramientas para analizar las formas de la autoorganización y sus dinámicas. Desde el materialismo histórico de Marx y Engels, la teoría sartreana de los “conjuntos prácticos” estudia, en escalas macro y microsociales, las formas de la existencia colectiva, los movimientos sociales y las luchas de clases.

Sartre parte de que los seres humanos viven en un mundo material del que dependen para sobrevivir. Ese mundo introduce una inercia irreductible en las prácticas, como ocurre con todo trabajo que debe someterse a las propiedades de la materia que transforma. Llama a esta condición práctico-inerte. Bajo el capitalismo, se expresa particularmente en el peso de las relaciones de producción y de las estructuras sociales del capital, en la “coacción muda” de la que hablaba Marx.

De allí deriva una forma fundamental de socialidad caracterizada por la pasividad y la atomización: la serialidad. Sartre utiliza como ejemplo la fila de espera. En una fila, los individuos están reunidos, pero aparecen yuxtapuestos, ordenados por una restricción externa o un dispositivo técnico: el autobús, el mostrador o la caja que se debe utilizar. Los individuos se unifican exteriormente por aquello de lo que dependen. Predominan así las relaciones reificadas, la individualización, la pasividad y una impotencia común controlada por fuerzas externas.

El concepto también permite pensar fenómenos ideológicos vinculados a esa organización material: la opinión pública formada a través de la radio, la televisión, las redes sociales o el voto. El público de un programa parece constituir una unidad, pero sus integrantes permanecen atomizados y subordinados a la voz del locutor o al video reproducido. El “pueblo”, mitificado como nación, funciona como un gran otro que unifica desde afuera a individuos reducidos a una pasividad electoral.

Sartre denomina a esto “pensamiento en serie”: ideas compartidas y reproducidas individualmente, pero opuestas a un pensamiento realmente colectivo. Esto permite analizar pensamientos de impotencia y experiencias como la cadena de montaje, la fila del hipermercado, los embotellamientos o la seudocomunión de las series disponibles permanentemente en plataformas. Una parte significativa de la existencia social se encuentra serializada. Sin embargo, estas formas no son naturales ni eternas: son históricamente contingentes y, por ello, superables.

La fábrica también puede ser un principio de unidad impuesto exteriormente a trabajadores obligados a laborar allí para sobrevivir y bajo condiciones que no eligieron. La importancia de la huelga, y por extensión del control obrero de la producción, consiste en que puede romper la serialidad de la fábrica y abrir una forma nueva de subjetividad y acción colectiva. Trotsky señalaba que los sóviets surgían de la necesidad de unificar a multitudes dispersas y sin vínculos, otorgando representación a empresas y fábricas porque el proceso de producción era el único nexo existente entre masas proletarias no organizadas.

El grupo en fusión

Inspirado especialmente en las concentraciones y revueltas de julio de 1789 en el barrio y el suburbio de Saint-Antoine, Sartre desarrolla el concepto de grupo en fusión. A diferencia del colectivo serial, una reunión pasiva donde los otros son una amenaza o una presencia indiferente, el grupo fusional implica una ruptura brusca de la serialidad.

Se trata de una agrupación activa, localizada en un tiempo y espacio determinados —una ciudad, barrio, fábrica o universidad—, basada en la reciprocidad, una praxis común y un proyecto compartido ante un peligro u objetivo inmediato. Los individuos se reconocen y actúan conjuntamente. Sartre describe esta dinámica como efervescencia, ebullición o “apocalipsis”: cada integrante encarna al grupo y el grupo se encarna en múltiples individuos comunes.

En estos momentos se hacen particularmente visibles los componentes espontáneos. Una manifestación rutinaria, conducida fríamente y con consignas dispersas, puede cambiar por completo ante la policía antidisturbios o frente a un lugar simbólico del poder. Las miradas convergen, las consignas se unifican y la resistencia se constituye. Cada persona reconoce y es reconocida como un alter ego; puede sentirse coautora de una consigna como “¡Todos odian a la policía!”. El agregado de individuos empieza a convertirse en una praxis colectiva y puede organizarse contra un enemigo común.

Esta dinámica puede adoptar distintas direcciones. Sartre la define como una repentina resurrección de la libertad: frente al peligro común, la libertad se libera de la alienación y se afirma como eficacia compartida. Permite comprender las lógicas del motín, incluido el motín por hambre, donde la violencia opera como ruptura del poder constituido.

Pero el grupo en fusión no se produce por sí solo: es una reacción ante una praxis enemiga y la preeminencia de un peligro, sea directo o latente. No existe un apocalipsis espontáneo, sino una explosión situada en un enfrentamiento. Además, esta dinámica tiene una duración limitada y está materialmente circunscrita en el tiempo y el espacio. Por eso no puede convertirse en objeto de generalizaciones apresuradas.

La necesidad y los riesgos de organizarse

En una manifestación, una huelga, la relación entre un partido y la clase o una asamblea general se combinan las dimensiones serial, fusional, organizacional e institucional. Esta última refiere a grupos que buscan permanecer en el tiempo y el espacio. Un colectivo que pretende sobrevivir en períodos de calma, y no solamente en los momentos de tensión, debe dotarse de estructuras para afrontar tareas, divisiones del trabajo y necesidades de una lucha.

Estabilizarse para no disolverse ni recaer en la pura serialidad supone introducir un coeficiente de inercia: estructurarse implica, en términos generales, una forma consciente de serialidad. Por esa razón, todo lo que proporciona estabilidad contiene también el germen de una posible petrificación.

Sartre examina el “juramento” como una invención práctica del grupo en fusión que busca perdurar. El juramento funciona como una garantía frente al futuro y como una inercia producida por la libertad, destinada a evitar la recaída posterior al momento de ebullición. Es un mecanismo, explícito o no, que compromete a cada integrante con la continuidad del grupo, pero que también supone una forma de autolimitación. En ese proceso surge el riesgo de la “fraternidad-terror”, cuando el pacto incorpora una amenaza implícita hacia potenciales traidores.

El filósofo estudió extensamente las formas de estructuración, institucionalización, burocratización y Estado. Lo central es que las clases sociales, la subjetivación política, las movilizaciones masivas, las recomposiciones de la conciencia de clase y los procesos revolucionarios se caracterizan por un entrelazamiento de las dimensiones serial, fusional y organizacional-institucional.

Ni una huelga de masas, ni un proceso revolucionario, ni un partido, ni siquiera una asamblea general pueden ser enteramente fusionales. Usar estas categorías de manera dinámica permite preguntarse qué elementos generan rutina, pasividad, administrativismo, rigidez o fosilización; cuáles impulsan la ruptura de lo serial y elevan la libertad compartida; y qué condiciones favorecen o dificultan la participación activa.

La serialidad no se reduce a burocracia, ni todos los rasgos burocráticos son simples consecuencias de la serialización. La burocratización depende de factores económicos y políticos específicos, aunque se apoye en elementos de inercia. Sin embargo, toda brecha o debilidad en los marcos reformistas políticos y sindicales puede abrir posibilidades para la autoorganización revolucionaria.

Absolutizar el grupo en fusión o el modelo del motín constituye, por lo tanto, un error político, estratégico y conceptual. Pero también resulta reduccionista intentar forjar la unidad de clase desde afuera mediante estructuras burocratizadas o variantes de soberanía que convierten a la multitud en un pueblo pasivo. La autoorganización, entendida como autoemancipación, exige no hipostasiar una dimensión de la praxis colectiva en perjuicio de las demás.

Clase, heterogeneidad y poder constituyente

Sartre ofrece herramientas para cuestionar las ilusiones organicistas. Una clase social no puede ser un hiperorganismo ni un sujeto colectivo concebido a imagen de un individuo. La clase obrera nunca se expresa plenamente como un sujeto político activo: siempre hay sectores, regiones o grupos que, por razones históricas de desarrollo, permanecen marginados, masificados o ajenos a una toma de conciencia. Siempre queda un residuo.

Esta perspectiva retoma una tesis fundamental del marxismo revolucionario. Para Marx, Engels, Lenin, Trotsky y Luxemburg, la unidad de clase nunca fue una homogeneidad sustancial. La clase es profundamente heterogénea. Las categorías sartreanas permiten afinar el análisis de esa heterogeneidad más allá de factores económicos, sociológicos, culturales o políticos, y ayudan a identificar las palancas para superarla en un proyecto compartido.

La autoorganización se convierte en un proceso de autounificación de clase cuando se apoya en bases programáticas —qué se quiere— y estratégicas —cómo lograrlo—, es decir, en objetivos elaborados conscientemente y reconocidos como suficientemente comunes. En ese sentido, puede constituir la base de su emergencia como poder constituyente, sin recurrir a una metafísica del sujeto revolucionario.

Autoorganización y sujeto político

Desde la Generación Z y la nueva clase obrera hasta Lenin, la autoorganización vuelve a aparecer como fundamento indispensable de una política revolucionaria. Sin embargo, convertirla en un mito conduce a desvíos: toda lucha autoorganizada debe estructurarse en el tiempo, el espacio y la materia social.

La dinámica fusional mantiene viva la aspiración a libertades que se reconocen mutuamente, a la democracia obrera y a formas como la Comuna o el sóviet. Pero un mundo material atravesado por límites y pesadeces impone restricciones serializantes. De allí la necesidad de estructuras flexibles y reflexivas, capaces de estimular dinámicas fusionales, volverlas operativas y, con el tiempo, producir instituciones de la libertad.

La lucha permanente contra aquello que serializa no eliminará el riesgo de petrificación, pero puede sostener la inventiva de contrapoderes y contrapresiones. Para Sartre, la dinámica de un grupo y, con mayor razón, de una clase no es un asunto metafísico, sino práctico: depende de la conciencia de las determinaciones que afectan las formas de la praxis colectiva.

Esto permite reconsiderar los conceptos de sujeto político y sujeto revolucionario como poder constituyente, reduciendo este último, ante todo, a sus condiciones soviéticas de constitución.

Trotsky escribió en 1905 que, durante la huelga de octubre que prefiguró la Revolución de 1917, la socialdemocracia reunía los innumerables átomos del pueblo mediante una fusión viva y mediante ideas políticas indestructiblemente unidas, traduciendo las grandes pasiones sociales de las masas al lenguaje de las consignas revolucionarias.

Los estudiantes secundarios dieron una señal de “gran rechazo” desde fines de septiembre. El espectro levantado por los jóvenes parias de la ciudad el 17 de octubre fue más lejos. El 9 de enero de 1905, más de 100.000 personas se movilizaron pacíficamente en San Petersburgo contra el alto costo de vida, para reclamar algunos derechos y respeto. El Ejército y la guardia imperial respondieron masacrando a la multitud. Aquel episodio fue el punto de partida de la primera revolución basada en la autoorganización de las masas.

Las consecuencias del “octubre francés”, si comienzan a desarrollarse asambleas generales, huelgas y coordinaciones interprofesionales, y si el 5 de noviembre inaugura una primera huelga general, podrían evocar al menos un aire de 1905. Las grandes pasiones de las masas actuales tendrían entonces que encontrar el lenguaje de su propia revolución, lejos de todo esquema prefabricado.