A pocos días de la visita del papa León XIV a la Basílica de Luján, Eugenia Castagnaro, docente de 38 años y sobreviviente de abuso eclesiástico, relató las consecuencias que, según su testimonio, dejaron los hechos que atribuye al sacerdote Gabriel Ghilardini en Capilla del Señor, partido de Exaltación de la Cruz.
Castagnaro sostiene que Ghilardini abusó de ella entre 2000 y 2001, cuando tenía 12 años y asistía a catequesis en la parroquia local. Dos décadas después presentó una denuncia judicial, pero la causa concluyó con el sobreseimiento del sacerdote por prescripción. La docente cuestiona tanto al acusado como a los ámbitos eclesiásticos, judiciales y políticos que, a su entender, permitieron su protección.
Una infancia atravesada por la religión y la falta de contención
La entrevistada cursó la primaria en un colegio parroquial de Los Cardales, también en Exaltación de la Cruz. Describe a su familia como muy religiosa y de formación tradicional: los domingos debía asistir a misa con uniforme y se tomaba asistencia. Paralelamente, recuerda dificultades económicas, falta de contención emocional y un clima familiar atravesado por peleas y violencia.
Cuando tenía 12 años, su familia se mudó a Capilla del Señor. La distancia con sus amistades de Los Cardales, la imposibilidad de viajar sola y la ausencia de redes sociales profundizaron su aislamiento. Castagnaro define a la localidad como una comunidad conservadora y cerrada.
Ante el agravamiento de los problemas familiares, comenzó a asistir a catequesis en la parroquia donde estaba Ghilardini, recién llegado desde Santiago del Estero. Según su relato, el sacerdote era visto como un cura carismático, cercano a los jóvenes y reconocido en el pueblo por organizar actividades, jugar al fútbol con chicos y presentarse como alguien que venía de Añatuya para ayudar a jóvenes vulnerables.
La docente cuenta que, tras verla llorar, el cura le ofreció hablar con él cada vez que lo necesitara. Así, empezó a concurrir a la parroquia luego de la escuela, en busca de un espacio de escucha. Afirma que el sacerdote nunca alertó a sus padres sobre la necesidad de que recibiera acompañamiento psicológico.
El relato de los abusos
Luego de la muerte de su abuela, Castagnaro asegura que pasó más tiempo en la parroquia. En ese contexto, relata que Ghilardini comenzó con abrazos y le preguntó si podía sentir su “piel suave”. Según su testimonio, después hubo manoseos y besos, mientras el sacerdote le insistía en que todo debía quedar entre ellos y no debía contárselo a nadie.
La entrevistada dice que el cura le regaló para su cumpleaños un libro sobre santos con una dedicatoria personal, un gesto que entonces interpretó como una forma de hacerla sentir especial. Explica que la autoridad religiosa que él representaba influyó en su percepción: lo consideraba una persona capaz de determinar qué estaba bien y qué estaba mal, y creía que su cercanía podía mejorar su situación.
En su casa, afirma, no se cuestionaban sus permanencias en la iglesia. Además, Ghilardini le entregaba cajas con mercadería para llevar a su familia, que atravesaba dificultades económicas, por lo que sus padres tenían una buena imagen del sacerdote.
Castagnaro señala que comprendió desde el inicio que lo que ocurría estaba mal, aunque no podía hablarlo con su familia. Calcula que la situación se extendió durante unos seis meses. El quiebre llegó cuando, según su relato, el sacerdote le propuso ir a su casa, conectada con la parroquia mediante un pasillo. Sintió miedo, se fue y no volvió a reunirse con él.
Sin embargo, siguió viéndolo en las misas dominicales a las que asistía obligada por su familia. Finalmente dejó de ir a misa, una decisión que le generó conflictos familiares. Al año siguiente recibió la confirmación y Ghilardini fue el cura a cargo. Castagnaro considera que el entonces secretario de la iglesia sabía o sospechaba algo, porque en varias ocasiones le abría la puerta fuera del horario parroquial y la dejaba a solas con el sacerdote.
Otros testimonios y versiones sobre el sacerdote
Castagnaro asegura conservar capturas de conversaciones con otras personas que le relataron experiencias vinculadas a Ghilardini. Algunas prefieren mantenerse en el anonimato y no realizaron denuncias públicas.
Entre esos casos, menciona el de una mujer que, según le contó, tenía nueve años cuando habría sido abusada por el sacerdote. La mujer, hoy policía, le habría confirmado que fue víctima de Ghilardini, aunque decidió no sumarse a la denuncia presentada en 2020 porque, cuando habló de lo ocurrido en su infancia, no le creyeron.
También refiere versiones recogidas en Capilla del Señor acerca de un supuesto hijo no reconocido del cura, tras un episodio ocurrido durante una misa y el posterior embarazo de una mujer vinculada a la parroquia. Añade que recibió información sobre otro presunto hijo en Bandera, Santiago del Estero, donde Ghilardini habría dado clases en una escuela con alumnas pupilas.
Asimismo, relata que una exmonja de clausura se contactó con ella después de que su denuncia tomó estado público. Según Castagnaro, la mujer le dijo que había sufrido abusos por parte del sacerdote cuando tenía 21 o 22 años y que, tras conocerse el caso, Ghilardini fue a visitarla a su departamento. La exreligiosa interpretó ese encuentro como un pedido de perdón motivado por el temor a una nueva denuncia.
Silencio, culpa y el camino hacia la denuncia
Castagnaro afirma que durante años sintió culpa por lo sucedido. Aunque sabía que no quería lo que ocurría, pensaba que había habilitado la situación al aceptar inicialmente el contacto y al volver a la parroquia. Esa culpa, sostiene, le impidió hablar del abuso con otras personas.
La primera vez que relató lo ocurrido fue durante un tratamiento psicológico, que había comenzado dos años antes de denunciar, tras la muerte de su padre. Señala que los abusos no afectaron su desempeño escolar o universitario, pero sí sus vínculos: durante mucho tiempo evitó el contacto físico, intentó pasar desapercibida y usó ropa holgada para ocultar su cuerpo.
Incluso al presentar la denuncia en 2020, dice que todavía le resultaba difícil asumir que no tenía responsabilidad por lo ocurrido. Recién en 2021, al comenzar a trabajar como docente con estudiantes de la misma edad que ella tenía al momento de los hechos, pudo revisar esa idea.
“Entendí que, como adulta y con autoridad frente a chicos, podía construir un relato y lograr que no lo cuestionaran”, plantea. Ese proceso le permitió recordar frases que, según afirma, Ghilardini le decía: que Dios la había puesto frente a él para probarlo, que no podía resistirse y que ella lo hacía “pecar”. Para Castagnaro, esa experiencia confirmó que a los 12 años no podía ser responsable de los abusos que denuncia.
La denuncia judicial y el destino de Ghilardini
La causa iniciada por Castagnaro terminó con el sobreseimiento de Ghilardini debido a la prescripción del delito, según relata la docente. Ella cuestiona que ese desenlace haya permitido al sacerdote continuar su actividad.
Ghilardini, de 60 años, figura formalmente en la diócesis de Nueve de Julio, dependiente de la Arquidiócesis de Mercedes-Luján. Desde 2023, según la información difundida en torno al caso, dio misas en el Santuario de Lourdes, en Francia. Ante la llegada de León XIV y su encuentro con sobrevivientes de abusos cometidos por clérigos, se informó que el cura fue retirado de la exposición pública.
Castagnaro asegura que le impactó conocer que estaba en Francia, porque hasta entonces lo asociaba con localidades pequeñas y de bajo perfil. “No es justo que las denuncias tengamos que hacerlas siempre quienes sobrevivimos”, sostiene.
El acompañamiento de otros sobrevivientes
La docente identifica como un momento importante la denuncia realizada por Thelma Fardin contra Juan Darthés, ocurrida un año antes de que ella denunciara a Ghilardini. En ese período trabajaba en una remisería y, al escuchar comentarios que describe como machistas sobre el caso, se encerró a llorar en el baño. Sin embargo, considera que el movimiento de apoyo en torno a Fardin le dio fuerza para hablar.
El contacto con otras personas sobrevivientes también fue central. Castagnaro explica que encontró comprensión en quienes habían hecho públicos sus casos y pudo reconocer que no es inusual tardar años en denunciar, padecer pesadillas o atravesar consecuencias profundas en la salud mental.
Para ella, pasar de sentirse víctima a reconocerse sobreviviente implica dejar la culpa y la vergüenza, alzar la voz para proteger a otras infancias y transformar una experiencia individual en una causa colectiva. Como docente, dice mantenerse especialmente atenta a cualquier señal de alarma en sus estudiantes.
Críticas a la Iglesia y un mensaje para quienes aún callan
Castagnaro se define actualmente como atea. Considera que los abusos forman parte de una lógica de sometimiento dentro de la Iglesia y cuestiona lo que describe como un sistema de encubrimiento destinado a preservar la imagen institucional de asistencia y refugio para personas vulnerables.
También afirma que el ateísmo le permitió desprenderse de la moral basada en el miedo al castigo divino o en una recompensa posterior a la muerte. Desde su mirada, los valores pueden construirse fuera de una religión y a partir de la idea de no perjudicar a otras personas y dejar un mundo mejor a las generaciones siguientes.
Su mensaje para quienes atravesaron abusos y aún sienten silencio o culpa es que se animen a hablar. Reconoce que pueden existir cuestionamientos y acusaciones contra las víctimas, pero sostiene que actualmente hay más comprensión, redes de apoyo y personas dispuestas a creer y acompañar.
“No te tenés que esconder más; los que se tienen que esconder son ellos”, expresa. Para Castagnaro, decirlo en voz alta y no callar nunca más es un paso necesario para dejar atrás la culpa y avanzar de víctima a sobreviviente.
Tras la difusión de información sobre Ghilardini en grupos de WhatsApp y redes de Exaltación de la Cruz, Luján, Pilar y localidades cercanas, Castagnaro observa que no hubo reacciones públicas de escándalo ni defensas contundentes del sacerdote. En Ameghino, el último lugar donde habría estado antes de irse a Francia en 2023, sostiene que predomina el silencio.
