En los últimos días, la juventud europea protagonizó nuevas movilizaciones, en continuidad con una tendencia que ya se había manifestado en diversos países de Asia y África. Ahora, en Estados Unidos, presentado como el corazón del imperialismo y gobernado por Donald Trump, se produjo un revés electoral que expresa un fuerte rechazo a su gobierno, su xenofobia, la represión y la persecución, sus políticas de guerra, su complicidad con el genocidio en Palestina y el deterioro de las condiciones de vida de millones de personas.

Uno de los rasgos más destacados es la aparición de candidaturas definidas como contrahegemónicas, opuestas a las recomendaciones habituales de los consultores políticos tradicionales. Estas expresiones lograron imponerse reivindicando su identidad musulmana, denunciando el genocidio en Palestina, hablando de sus familias latinas, de su homosexualidad y de otras identidades y posiciones convertidas en blanco de ataque por la ultraderecha.

Estas candidaturas surgieron dentro del Partido Demócrata y son presentadas como una expresión de procesos más profundos en la sociedad estadounidense. También reflejan la experiencia de millones de personas frente a una ultraderecha que hasta hace poco era mostrada como imparable.

El fenómeno no se limita al rechazo electoral a Trump. Se observa, además, una radicalización de sectores relevantes de la juventud, el fortalecimiento de corrientes de izquierda y la reaparición de la identificación con el socialismo, una palabra que muchos consideraban superada.

Las contradicciones dentro del Partido Demócrata

Existe, sin embargo, una contradicción central. Las nuevas expresiones políticas, como el DSA, se desarrollan dentro del Partido Demócrata, una estructura histórica del imperialismo estadounidense, comprometida tanto con el Estado de Israel y sus políticas genocidas como con la defensa de los intereses estratégicos de Estados Unidos.

De acuerdo con esta mirada, el establishment demócrata sostendría una política exterior tan imperialista como la republicana, con una orientación especialmente agresiva hacia China y Rusia. El Partido Demócrata busca adaptarse a estos nuevos fenómenos, contenerlos y encauzarlos dentro de sus propios límites. De ese modo, se profundizaría la tensión entre las expectativas de transformación que generan estas candidaturas y las restricciones impuestas por esa estructura partidaria.

Las razones del rechazo a Trump

La derrota electoral no puede analizarse sin considerar las condiciones materiales de vida de las mayorías. El aumento del precio de los combustibles tras la aventura guerrerista en Irán, la pérdida de poder adquisitivo, el endeudamiento y las consecuencias internas de su política internacional forman parte del malestar social. A esto se agrega el rechazo a la persecución de migrantes, la violencia represiva y el autoritarismo.

Trump inició su último mandato rodeado de milmillonarios y tecnomagnates que despertaron un fuerte rechazo. Entre ellos se menciona a Elon Musk, quien, mientras los salarios se estancaban y empeoraban las condiciones de vida, exhibía una motosierra y celebraba medidas que incrementaron la concentración de la riqueza, incluida la del propio Trump y su familia. Musk invirtió cientos de millones de dólares para respaldar a los republicanos en Texas y asegurar la instalación de data centers en todo el territorio.

El rechazo, además, no habría comenzado en las urnas. Antes se expresó en las calles: en las movilizaciones contra el ICE, en las grandes protestas bajo la consigna “No Kings”, en los campus universitarios contra el genocidio en Gaza y en distintas formas de resistencia impulsadas por quienes se negaron a resignarse.

Toda elección expresa de manera pasiva y deformada las tendencias sociales. Por eso resulta significativo que empiecen a aparecer corrientes opositoras capaces de desbordar los límites establecidos por los partidos tradicionales de la democracia capitalista.

El impacto en la política argentina

La derrota de Trump también afecta a Javier Milei, quien convirtió su identificación con el presidente estadounidense en uno de los pilares de su política, incluso imitando sus gestos y bailes.

Algunos sectores celebran los resultados electorales en Estados Unidos, incluidos quienes antes sostenían que era necesario adaptarse a los nuevos vientos políticos, escuchar a figuras como Peter Thiel o Steve Bannon, o presentaban el avance de Trump y Bolsonaro como una tendencia histórica irresistible. También estuvieron quienes planteaban que, frente a la deuda ilegal con el FMI que ata al país al imperialismo, apenas era posible discutir la sobretasa.

Por su parte, la derecha tradicional buscará diferenciarse de las expresiones más desacreditadas de la ultraderecha y volver a mostrarse como una alternativa “razonable” para preservar las conquistas obtenidas por las clases dominantes. Patricia Bullrich es señalada como una figura experta en esos cambios de posicionamiento político. Sin embargo, experiencias como la de Emmanuel Macron en Francia muestran que esas alternativas también aplican planes de ajuste, autoritarismo y represión.

Uno de los principales problemas de quienes se presentan como opciones moderadas es que suelen administrar los mismos programas de ajuste o quedar atrapados en una profunda desilusión social, que en muchas ocasiones vuelve a fortalecer a la ultraderecha.

Una derrota electoral no implica el final de la ultraderecha, ni justifica depositar expectativas en que los partidos tradicionales ofrezcan una salida favorable para los pueblos. Según esta perspectiva, sus propias políticas fueron y son las que contribuyen a generar estos fenómenos.

Millones de personas atraviesan su propia experiencia con un capitalismo que no les ofrece más que desigualdad, precarización, guerras y pérdida de derechos.

Las movilizaciones de la juventud europea, las rebeliones en países de Asia y África y las actuales expresiones de rechazo en Estados Unidos indicarían que la resignación y la espera no son los únicos caminos posibles. Lo decisivo no estaría en las tácticas de los consultores ni en las maniobras de los partidos tradicionales, sino en una fuerza social que comienza a expresarse, organizarse y ganar las calles, con posibilidades de ir más allá de lo que actualmente reflejan las urnas.

La apuesta, en consecuencia, debe ponerse en esa fuerza social. Para derrotar de forma efectiva a la ultraderecha y a la derecha, no bastaría con reemplazar a quienes gobiernan: sería necesario enfrentar las condiciones sociales, económicas y políticas que hicieron posible su surgimiento.