Artículo publicado originalmente en Left Voice, sitio en inglés de la Red Internacional La Izquierda Diario. Traducción de Matteo Polenta.

Las elecciones de medio término se celebran en el período de mayor debilidad de Donald Trump desde su irrupción política. El estancamiento de la guerra contra Irán, descrito como humillante, habría llevado a su administración a buscar respuestas ante una crisis energética inminente, con la mirada puesta en Rusia y Ucrania. El texto también señala el saqueo del petróleo venezolano tras la operación militar que secuestró a Maduro e instaló un protectorado neocolonial bajo control directo de la presidenta Delcy Rodríguez.

La desaprobación de Trump alcanzó nuevos máximos, impulsada por la crisis del costo de vida, la guerra, los aranceles y sus políticas migratorias. A esto se suma una crisis económica que, según el análisis, las inversiones en inteligencia artificial apenas logran ocultar. La Corte Suprema dictó fallos adversos para el presidente en causas relevantes, entre ellas sus intentos de eliminar la ciudadanía por nacimiento y de negar atención médica a personas trans encarceladas.

El artículo también destaca la derrota de Flávio Bolsonaro en la segunda vuelta presidencial de Brasil, pese a la injerencia atribuida a Trump mediante empresas como Meta, Facebook, Instagram y WhatsApp. Este resultado, sostiene, podría tener consecuencias en una región aún sometida a la influencia del imperialismo estadounidense.

A diferencia de lo ocurrido tras el asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021, cuando Trump reforzó su control sobre el Partido Republicano, la guerra contra Irán habría profundizado las divisiones en la coalición trumpista. Referentes como Marjorie Taylor Greene se enfrentaron al presidente, en un contexto en el que ya existía malestar por la reacción ante la operación del ICE en Minneapolis. Las legislativas del 3 de noviembre podrían mostrar con mayor claridad la profundidad de la ruptura dentro de la base de Trump y anticipar el escenario político posterior a su presidencia.

Por lo tanto, la disputa no se limita al control del Congreso. También está en juego la dimensión del rechazo a Trump y la capacidad de los populistas progresistas del Partido Demócrata para captar y contener el descontento de los sectores cansados del status quo. El texto considera que ninguna elección resolverá la crisis del régimen bipartidista: frente a un Trump debilitado y potencialmente más peligroso, los demócratas intentarían encauzar desde arriba a su ala progresista, mientras crece el malestar contra la guerra, el ICE y el costo de vida.

La fractura de la coalición trumpista

Distintas encuestas anticipan un posible revés republicano por el rechazo a Trump, a la guerra con Irán, al genocidio de Israel en Palestina, al despliegue nacional del ICE, a la crisis del costo de vida y a las amenazas contra los derechos democráticos. Los datos de voto anticipado indicarían que ese descontento moviliza sobre todo a la base demócrata, aunque también alcanza a antiguos simpatizantes del presidente.

Los votantes latinos que apoyaron a Trump y a los republicanos en 2024 estarían abandonando al Partido Republicano. Si bien una parte se inclina por los demócratas, más del 42 % afirma no confiar en ninguno de los dos partidos. The Daily, el podcast de The New York Times, recogió testimonios de votantes de Trump que ya no respaldarán a los republicanos y buscan alternativas en otros sectores del espectro político. El texto sostiene que el mensaje populista contra Trump y el establishment logra atraerlos.

Trump también habría perdido respaldo en el campo, uno de sus históricos bastiones. Ante esa situación anunció el Harvest Fuel Relief Fund, un fondo de emergencia de 8.000 millones de dólares destinado a pagos extraordinarios para agricultores. Sin embargo, el artículo plantea que el alejamiento de su base es anterior a los últimos dos años: la guerra contra Irán habría sido el detonante final de un desgaste acumulado por promesas incumplidas de terminar con las guerras, reconstruir la manufactura y la agricultura estadounidenses, y reducir el costo de vida.

En este marco, el Partido Demócrata tendría una oportunidad importante de conquistar ambas cámaras del Congreso. El analista Nate Silver estimó en 95,1 % las probabilidades de una mayoría demócrata en la Cámara de Representantes y en 77,7 % las de obtener ventaja en el Senado. El artículo interpreta estas cifras más como expresión de la polarización y del rechazo al establishment que como una demostración de la capacidad del Partido Demócrata para entusiasmar al electorado.

La novedad del ciclo electoral sería el ascenso de candidaturas populistas progresistas dentro de los demócratas, tanto en competencias estatales como nacionales. Muchos candidatos se alinean con Bernie Sanders, Alexandria Ocasio-Cortez y los Socialistas Democráticos de América (DSA). Sanders respaldó a más de 80 postulantes y, según su campaña, más del 75 % ganó sus primarias. Por su parte, 123 candidatos del DSA se impusieron en sus internas, incluidos 19 aspirantes al Congreso y cinco candidatos a cargos estatales.

El respaldo a estas candidaturas expresa, según el texto, un rechazo a la austeridad y a la guerra, pero también las conclusiones políticas surgidas de movimientos sociales de la última década: Black Lives Matter, la resistencia a los ataques contra personas trans, el movimiento internacional contra el genocidio y las movilizaciones contra el ICE en Los Ángeles, Chicago, Minneapolis y otras ciudades. Esta dinámica también habría llegado al movimiento obrero, donde trabajadores organizan nuevos sectores y enfrentan la agenda de Trump, como ocurrió con el apagón económico en Minneapolis.

En el corto plazo, estos sectores podrían fortalecer a los demócratas mediante votos y trabajo territorial voluntario. La incógnita es si votantes desencantados, incluidos republicanos e independientes de estados y distritos favorables a Trump, se inclinarán por los demócratas y modificarán el mapa político hacia las presidenciales de 2028.

Las contiendas electorales centrales

En Carolina del Norte, el demócrata Roy Cooper aparece con posibilidades de imponerse al republicano Michael Whatley en la disputa por el Senado. En Carolina del Sur, tradicionalmente republicana, la elección senatorial se considera abierta. Los demócratas también esperan dar vuelta Texas, donde James Talarico compite contra Ken Paxton.

Ambos partidos movilizan a sus principales figuras y destinan grandes recursos a la campaña. El Partido Demócrata envió al expresidente Barack Obama a respaldar a Jon Ossoff en Georgia. Trump, a su vez, recorre estados que ganó ampliamente en sus tres candidaturas presidenciales pero que hoy aparecen competitivos. El artículo advierte que algunos republicanos comenzaron a tomar distancia del presidente, mientras Trump canceló apariciones en estados decisivos y las reemplazó por eventos virtuales.

Con una porción relevante del electorado aún indefinida, estas se convirtieron en las elecciones más costosas de la historia. El gasto total en publicidad política y campañas supera los 11.200 a 11.600 millones de dólares. Multimillonarios como Elon Musk, señalado como el mayor donante individual, inyectan fondos para fortalecer las perspectivas republicanas en estados como Texas y frenar una posible ola progresista demócrata.

Algunas candidaturas servirán para medir si un programa populista progresista, basado en el costo de vida, la salud pública, el fin de la ayuda a Israel, impuestos a los ricos, moratorias a los centros de datos y críticas al establishment, puede convertirse en una alternativa para un electorado de clase trabajadora.

La postulación de Abdul El-Sayed al Senado por Michigan resume esas tensiones. Durante las primarias, El-Sayed tomó distancia del DSA para buscar apoyo entre votantes moderados y dentro del establishment demócrata, y afirmó: “Creo en el capitalismo”. Aun así, fue blanco de ataques racistas e islamófobos republicanos. Trump lo calificó de “yihadista” en sus actos de campaña. La intervención personal del presidente refleja la importancia que asigna a esta disputa. En sentido contrario, Ocasio-Cortez y Sanders aportaron un millón de dólares cada uno a la campaña de El-Sayed.

Las elecciones también pondrán a prueba a candidatos del DSA que se identifican abiertamente con el socialismo. Entre ellos se encuentran Claire Valdez y Darializa Chevalier, en Nueva York; Melat Kiros, en Colorado; y Chris Rabb, en Pensilvania. Otra figura destacada es Angie Nixon, integrante del DSA en Florida, que podría convertirse en la primera senadora afrodescendiente de la historia de ese estado. Nixon ganó holgadamente sus primarias con una plataforma que propone Medicare para Todos, cuidado infantil universal, congelamiento nacional de alquileres, moratoria de desalojos, mayores protecciones sindicales e impuestos a los ricos.

Nixon también demandó al estado de Florida por impedir su ingreso a Alligator Alcatraz, el centro de detención de inmigrantes inaugurado por el presidente, y ahora enfrentará a la republicana Ashley Moody. El artículo considera especialmente significativa su candidatura en un estado históricamente republicano y hogar del aspirante presidencial Marco Rubio.

En Los Ángeles, la progresista Nithya Raman compite por la alcaldía contra Karen Bass, figura consolidada del establishment demócrata. Raman ganó apoyo al presentar la elección como un referéndum sobre Bass, a quien cuestiona por sus vínculos con las grandes empresas y por la represión contra manifestantes anti-ICE el año anterior. El DSA de Los Ángeles respaldó a Raman, aunque esa decisión generó objeciones por donaciones recibidas de organizaciones sionistas y por su negativa a apoyar el movimiento de Boicot, Desinversión y Sanciones contra Israel.

Estas tensiones, señala el texto, reflejan los obstáculos que enfrenta el proyecto de socialismo municipal del DSA al confrontar con la maquinaria del Partido Demócrata. La misma problemática aparecería en las críticas al socialista democrático Zohan Mamdani, diez meses después de asumir como alcalde de Nueva York.

Los límites de un Congreso demócrata

Una eventual victoria demócrata amplia se explicaría, en buena medida, por el atractivo de sus candidatos progresistas y por el esfuerzo de millones de personas movilizadas por campañas que prometen cambios. El DSA podría alcanzar una representación récord en todos los niveles de gobierno, lo que abriría una nueva etapa para la mayor organización socialista estadounidense, junto con mayores desafíos por actuar dentro de un partido dominado por capitalistas multimillonarios.

Sin embargo, el artículo afirma que un Congreso demócrata no sería dirigido por el ala progresista, sino por un establishment encargado de mediar entre las distintas corrientes internas y las crecientes expectativas populares. Respecto de la guerra contra Irán, los demócratas endurecieron su retórica antibélica, pero históricamente buscaron contener a la potencia regional y no dispondrían de una vía viable para frenar la ofensiva prometida por Trump.

El análisis recuerda que, cuando los demócratas controlaron la Presidencia y ambas cámaras en 2021, no impidieron la caída de Roe vs Wade, que protegía el derecho al aborto, ni lograron superar las disputas internas que paralizaron la agenda de Joe Biden y facilitaron el retorno de Trump. Por ello, sostiene que el Partido Demócrata buscará contener a su ala progresista bajo el argumento de mantener la unidad frente a un presidente imprevisible.

Un Trump debilitado no sería necesariamente menos peligroso. Si los demócratas conquistan una o ambas cámaras, el presidente podría profundizar medidas bonapartistas en materia migratoria, derechos democráticos y fortalecimiento del Poder Ejecutivo, además de intensificar la guerra contra Irán. Estados Unidos e Israel ya amenazaron con nuevas ofensivas tras sus respectivas elecciones. El texto también advierte sobre amenazas de interferencia electoral y la posibilidad de que Trump o el Partido Republicano impugnen resultados en determinados distritos.

La administración, además, impulsa una nueva ofensiva contra los inmigrantes. Aunque las operaciones del ICE serían menos visibles, los arrestos aumentaron desde junio, especialmente por la cooperación con policías locales. Esto incrementó la cantidad de detenidos en centros denunciados como inhumanos, donde se niega atención médica y se toleran abusos.

Trump habría utilizado esta ofensiva con fines electorales: abrió una investigación descrita como xenófoba contra la diputada de Minnesota Ilhan Omar a menos de un mes de las elecciones, y reforzó las acciones del ICE en California para sembrar temor y desalentar la participación electoral. El Partido Demócrata, según el texto, respondió de forma limitada: aunque aprovechó el rechazo al ICE en campaña y algunos candidatos defendieron su abolición, en la práctica colaboró con la administración para contener la conflictividad social.

Los liderazgos demócratas en ambas cámaras respaldan reformas moderadas del ICE sin cuestionar la política migratoria general, caracterizada en el artículo como xenófoba y de explotación extrema. Cientos de miles de personas esperan que un bloque progresista impulse la abolición del ICE y el fin de la ofensiva antimigratoria. Darializa Chevalier es mencionada como una candidata que intervino para defender a inmigrantes, aunque fue reprimida por la policía de Nueva York, ciudad gobernada por un socialista democrático.

El texto también cuestiona las negociaciones de Mamdani con Trump tras el tiroteo en el que murió Oscar Belgal, al considerar que el pragmatismo institucional no logra sacar al ICE de las calles ni proteger a quienes enfrentan a esa agencia.

En paralelo, la administración desarrolla una ofensiva de estilo macartista contra la izquierda mientras el socialismo gana popularidad. Esos ataques se extienden a centros de trabajo y universidades. Aunque sectores demócratas ya renegaron del término “socialismo”, la popularidad de candidatos socialistas democráticos limita esa distancia. El artículo se pregunta si dirigentes como Hakeem Jeffries y Chuck Schumer defenderán a los demócratas atacados por la administración, y señala que la experiencia de Ilhan Omar y Rashida Tlaib sugiere que, con frecuencia, los propios dirigentes partidarios encabezarán esos ataques.

Organización independiente de la clase trabajadora

El artículo sostiene que las aspiraciones de los trabajadores por mejorar sus condiciones de vida quedaron desplazadas en la disputa electoral. Estas se reflejan en el entusiasmo por las candidaturas socialistas y en la popularidad de Sanders, así como en las movilizaciones contra el ICE, la brutalidad policial, la guerra imperialista, el genocidio, las leyes antitrans y la violencia de género.

También se expresan en las huelgas por salarios y más personal; en las luchas contra las condiciones laborales en UPS y Amazon; y en docentes y otros trabajadores que enfrentaron a hombres armados y encapuchados para proteger a comunidades inmigrantes. Esa fuerza social, afirma el texto, no se identifica con el Partido Demócrata y en numerosas ocasiones se enfrentó con gobernadores y alcaldes demócratas.

La propuesta es que esa fuerza cuente con organización y representación propias para defender salud pública y cuidado infantil universales, vivienda garantizada, el fin del genocidio y la guerra imperialista, la abolición del ICE, plenos derechos para los inmigrantes y una lucha contra la austeridad y la crisis capitalista. El buen desempeño de esta plataforma entre candidatos progresistas llevó a sectores de izquierda y del DSA a considerar una candidatura presidencial encabezada por Ocasio-Cortez.

Sin embargo, el texto sostiene que el Partido Demócrata es un obstáculo y no un vehículo para conquistar esas demandas. Como ejemplo, menciona el abandono del programa del DSA Workers Deserve More por parte del partido, de candidatos respaldados por la organización y de sectores del propio DSA. La conclusión planteada es que los partidos transforman a los políticos, y no al revés.

El artículo cuestiona la estrategia de obtener éxitos electorales a corto plazo dentro del Partido Demócrata, porque considera que implica una derrota estratégica ante las futuras luchas sociales. En lugar de revitalizar a los demócratas, propone construir una fuerza capaz de enfrentar los conflictos venideros sin rebajar las demandas ni limitar la autoorganización de la clase trabajadora.

Como referencia, menciona a Francia, donde jóvenes y trabajadores se organizan mediante asambleas y reuniones para construir un movimiento nacional contra el gobierno de Emmanuel Macron y sus políticas. El texto establece un vínculo entre esas experiencias y movimientos en España, Serbia, India y Estados Unidos, a los que presenta como parte de un mismo fenómeno internacional que puso al socialismo en discusión entre millones de personas.

Finalmente, el artículo llama a preparar a la mayor organización socialista del país para presentar candidatos, pero fuera del Partido Demócrata. La clase trabajadora, concluye, necesita campañas independientes que defiendan sin ambigüedades sus reivindicaciones y que sirvan para fortalecer la lucha desde abajo. Las elecciones no deberían ser un fin en sí mismas, sino una herramienta para construir un partido propio de la clase trabajadora y los oprimidos, independiente de los dos grandes partidos del capital.