Oktubre, el segundo álbum de Los Redondos, dejó una marca decisiva en el rock argentino no solo por sus canciones, sino también por una propuesta visual que pasó a formar parte de la memoria colectiva. El clima sombrío de sus arreglos, la fuerza masiva de “Jijiji” y la figura del esclavo que rompe sus cadenas integran un universo estético consolidado alrededor de una misma idea.
La construcción de esa identidad estuvo a cargo de Rocambole, quien convirtió en imágenes las sensaciones que despertaban las primeras maquetas del disco. Según recordó el artista platense, en 1986 asistió junto a integrantes de la banda a un espectáculo de un coro del ejército ruso en el Luna Park. Las voces graves y las canciones, similares a marchas medievales, causaron una fuerte impresión en el grupo.
Después de aquella experiencia, Rocambole consultó a músicos y personas cercanas a Los Redondos sobre las imágenes que les sugerían los demos de lo que luego sería Oktubre. Las respuestas coincidían: multitudes marchando y banderas. Esos dos elementos se transformaron en el punto de partida para pensar el arte del álbum.
La realización material de una tapa de disco en aquellos años exigía un trabajo manual. Rocambole explicó que no se trataba de diseñar en una computadora y enviar un archivo, sino de comprar cartulinas, recortarlas y estamparlas. Esa tarea lo ubicaba, además de como diseñador, en el rol de un obrero gráfico. La concepción visual debió adaptarse a las posibilidades técnicas y económicas de una banda que trabajaba de manera austera, autogestiva y cooperativa.
El original de la tapa y contratapa de Oktubre fue elaborado a mano con tinta, témpera y collage de papel glasé rojo. La serigrafía resolvió la necesidad de producir copias en serie, aunque sus limitaciones llevaron al artista a emplear pocos colores y formas más definidas, sin margen para grandes sutilezas. Para Rocambole, la repetición no era un fin en sí mismo: buscaba que la imagen estuviera acompañada por una acción y un mensaje capaz de conmover.
La gráfica se sostuvo en una paleta breve de rojo, negro y blanco, vinculada por el artista con los colores del anarquismo, a la que sumó un tono gris para completar algunos gestos. La propuesta dialogaba con los afiches soviéticos de principios del siglo XX y con la obra del dibujante, pintor y muralista argentino Ricardo Carpani.
Uno de los rasgos más reconocibles del diseño es la B invertida de Oktubre. Rocambole, que de adolescente había trabajado pintando carteles comerciales, creó una tipografía de aire “sovieticoide”, inspirada en cierta semejanza con el alfabeto cirílico ruso, cuyas letras pueden parecerse a las del español, pero invertidas.
De este modo, el artista dio forma a las imágenes que los primeros bocetos musicales despertaban en el círculo íntimo de Los Redondos y las adaptó a los recursos disponibles. Con el lanzamiento del disco, esas imágenes comenzaron a circular mucho más allá del álbum y adquirieron una vida propia.
Rocambole recordó que, durante la década del 60, vio en La Plata paredes cubiertas con afiches de la CGT que repetían un mismo dibujo. Eran obras de Carpani. Esa experiencia le reveló el tipo de arte que quería realizar: uno presente en la calle, reproducido en grandes cantidades y sostenido por una idea colectiva. Sin embargo, nunca imaginó que los dibujos de Oktubre terminarían pintados en banderas, paredes y tatuajes.
El artista señaló que recibe con frecuencia imágenes de usos diversos de sus obras, especialmente del esclavo con cadenas. Algunos de esos usos no le agradan, aunque entiende que, cuando una imagen es apropiada por la gente, deja de pertenecer exclusivamente a su autor. Por eso, afirmó que no pretende controlar la utilización de sus dibujos como lo haría Disney mediante registros y abogados, sino vivir el fenómeno con intriga, curiosidad y una necesaria dosis de relajo.
