Un hallazgo paleontológico en Illinois obliga a replantear 150 años de teoría evolutiva sobre la transición del agua a la tierra firme.
Durante más de un siglo y medio, la ciencia asumió que los primeros animales de cuatro patas —los tetrápodos, antepasados directos de mamíferos, aves y reptiles— atravesaron la transición acuática-terrestre mediante un ciclo de vida similar al de los anfibios modernos: una metamorfosis progresiva, comparable a la de una rana que pasa de renacuajo a adulto. Esa hipótesis acaba de derrumbarse.
Un estudio publicado el 19 de junio de 2026 en la revista Science presenta evidencia fósil que contradice de forma directa este modelo. El protagonista del hallazgo es el espécimen de una cría de embolómero —un depredador de aspecto similar al cocodrilo que habitó la Tierra hace entre 350 y 280 millones de años— recuperado de los yacimientos de Mazon Creek, en el norte de Illinois. El animal, cuyo cuerpo apenas alcanzaba el tamaño de un macarrón, no presentaba branquias externas ni ningún rasgo asociado a una fase larvaria. En cambio, mostraba una estructura corporal ya formada, prácticamente idéntica a la de su forma adulta.
La conclusión es contundente. «Nuestro estudio demuestra que la premisa de que los vertebrados de cuatro patas crecieron como los anfibios es incorrecta«, afirma Jason Pardo, coautor principal e investigador asociado del Field Museum de Chicago. Tras analizar especímenes de múltiples linajes representativos de la transición pez-tetrápodo, Pardo es categórico: «Lo que descubrimos es que ninguna de estas especies tiene nada que se parezca ni remotamente a un renacuajo. Y si no hay renacuajo, no hay metamorfosis.«
El impacto del hallazgo va más allá de la corrección técnica. Pardo señala que la metamorfosis era considerada el mecanismo central mediante el cual los animales lograron abandonar el medio acuático: «La teoría de que la metamorfosis era la herramienta mediante la cual los animales hicieron la transición del agua a la tierra es ya polvo en el viento.» En su lugar, los datos apuntan a un modelo de desarrollo directo: los primeros tetrápodos nacían ya en una forma próxima a la adulta, sin la reorganización orgánica radical que caracteriza a los anfibios actuales.
El paleontólogo australiano John Long, quien no participó en la investigación pero fue quien originalmente puso uno de estos fósiles en manos de Pardo, calificó el estudio de «bastante extraordinario« y refrendó su lectura: los animales pasaban directamente a una fase juvenil, sin necesidad de etapa larvaria intermedia.
Lo que este fósil del tamaño de un macarrón pone en evidencia es que nuestra propia historia evolutiva —la historia de cómo los vertebrados conquistaron la tierra— era, en sus fundamentos, una historia equivocada.
