Los disturbios en las escuelas secundarias francesas reavivan para el Gobierno el recuerdo de los Chalecos Amarillos. Sin embargo, la actual revuelta estudiantil parece expresar algo más profundo: un «Gran Rechazo» frente al orden social, la austeridad, la represión y un futuro que muchos jóvenes perciben como cada vez más cerrado.
Artículo publicado originalmente en francés el 4 de octubre de 2026 en Révolution Permanente, parte de la red internacional La Izquierda Diario en Francia. Traducción: Guillermo Iturbide.
«El uso proporcionado de la fuerza nunca debe inhibir la acción para restablecer el orden».
Laurent Nuñez, ministro del Interior, 30 de septiembre de 2026
«Todo ese coro de calumnias que el partido del orden nunca deja de entonar contra sus víctimas en sus orgías de sangre solo demuestra que el burgués de nuestros días se considera el sucesor legítimo del señor de antaño, para quien cualquier arma en sus propias manos era justa contra el plebeyo, mientras que en manos del plebeyo la más mínima arma constituía por sí misma un crimen».
Karl Marx, La guerra civil en Francia, 1871
El orden como respuesta al descontento
Las imágenes de contenedores incendiados se repiten sin descanso en los canales de televisión. En un contexto marcado por una deuda pública colosal, el rearme frente a Rusia y las disputas por el petróleo, la revuelta juvenil es presentada como un intolerable desorden contra el mobiliario urbano.
La consigna oficial no es nueva. El 24 de julio de 2023, tras las revueltas posteriores al asesinato de Nahel por la policía, Emmanuel Macron aseguró haber aprendido una lección: «el orden, el orden, el orden». El 23 de septiembre de 2024, Bruno Retailleau, entonces nuevo ministro del Interior, enumeró sus tres prioridades: «restablecer el orden», repetido tres veces, supuestamente para garantizar la concordia.
La retórica sobre la «violencia urbana» de los secundarios retoma una larga tradición. En Mayo del 68, el Gobierno gaullista y los medios estatales describían a los estudiantes como «ultraizquierdistas», «chusma» o «enfurecidos». El 1 de diciembre de 2018, Macron llamó a los Chalecos Amarillos una «multitud odiosa». El fantasma de la plebe incapaz de controlar sus instintos, del «gran animal» del que hablaba Platón, vuelve así a ocupar el debate público.
La posible vuelta de una «giletjaunización» bastaría para alarmar al poder. Pero el movimiento estudiantil deja entrever un rechazo más amplio. Como en la neolengua de George Orwell, el lenguaje del poder busca restringir el pensamiento y establecer qué puede ser dicho. El dominio de las palabras no otorga todo el poder, pero constituye una ventaja decisiva en la guerra ideológica que acompaña a la lucha de clases.
La neolengua neoliberal, enriquecida en las últimas dos décadas con bonapartismo y racismo, convierte la dominación en libertad y progreso. Herbert Marcuse ya identificaba hacia 1968 este fenómeno como propio de la sociedad «unidimensional»: fusionar conceptos contradictorios, invertir el sentido de las palabras y naturalizar las desigualdades.
La construcción de una narrativa del caos
La primera operación discursiva consiste en negar a la revuelta su dimensión política y reducirla a «violencia urbana». El primer ministro, el Ministerio del Interior y los grandes medios emplean el vocabulario de la «revuelta delictiva» para referirse a huelgas, bloqueos y protestas. De ese modo, las causas políticas quedan ocultas detrás de una lectura exclusivamente securitaria.
Cuando se admite que existe un problema político, la segunda maniobra busca desacreditar a sus protagonistas. Los estudiantes son presentados como «carne de cañón», manipulados por La Francia Insumisa y la extrema izquierda, o fascinados por la violencia. El objetivo es transformarlos en meros instrumentos, negarles la condición de sujetos políticos y devolver el fenómeno a una explicación basada en la sedición de extrema izquierda.
Una tercera operación separa las demandas consideradas legítimas de las que deben ser desestimadas. Se acepta discutir recursos escolares o condiciones de funcionamiento de los centros, pero se vuelve inadmisible cuestionar el presupuesto, Parcoursup, el sistema selectivo de ingreso a la universidad, o los recortes a las ayudas estatales para el alquiler estudiantil. Se permite debatir sobre medios, no sobre fines.
La cuarta respuesta es administrativa y tecnocrática: educación a distancia, cierres de establecimientos decididos por directores, «doctrina de protección», «continuidad del servicio público» y «continuidad pedagógica». Bajo la apariencia de racionalidad técnica, se busca romper los piquetes y sustituir cualquier proyecto de transformación social por protocolos, herramientas digitales y nuevas plataformas, como la promovida por el ministro de Educación, Geffray.
Esta política se sostiene mediante una represión policial, militar y paramilitar en sus prácticas. Según el texto, el papel de los directores de escuela revela su subordinación a prefectos y rectores. La escala de las detenciones llevó a algunos críticos a sostener que el verdadero ministerio encargado de la educación secundaria es el del Interior. La comparación histórica citada señala que solo el 17 de octubre de 1961, bajo la policía de Maurice Papon, hubo más detenciones en un solo día que el 1 de octubre de 2026.
La presentación selectiva de la realidad completa el dispositivo: los incendios de contenedores y los «disparos de mortero» —fuegos artificiales de venta libre— son exhibidos como escenas de guerrilla o terrorismo cotidiano, mientras que gases lacrimógenos, balas de goma, drones y detenciones son definidos como protección de los alrededores de las escuelas.
La controversia sobre la violencia
Marcuse advertía que las autoridades educativas, morales y psicológicas denuncian la delincuencia juvenil, pero guardan mucho menos silencio frente a la exhibición de misiles, cohetes y bombas, símbolos de la delincuencia adulta de toda una civilización.
Macronistas, derecha y extrema derecha coinciden en condenar la violencia. Los Verdes, el Partido Socialista, su portavoz Raphaël Glucksmann y otros sectores, aunque cuestionan en ocasiones la irresponsabilidad gubernamental, también consideran «inaceptable» y «escandalosa» la violencia de los estudiantes. En los medios, la pregunta que domina el debate es si los interlocutores se «desmarcan de la violencia», desplazando cualquier discusión sobre las causas del movimiento.
Los medios de lucha han sido siempre objeto de debates tácticos y estratégicos: qué resulta eficaz, necesario o inevitable, y para qué objetivos. Jean-Luc Mélenchon defiende métodos no violentos y una estrategia electoralista donde el ciudadano prevalece sobre el mundo del trabajo y la juventud. El texto le reconoce, sin embargo, que no recurre a lecciones morales.
En palabras de Marcuse, quienes emplean la violencia no lo hacen para crear una nueva cadena de violencia, sino para romper una ya existente. Docentes de Ariège, en huelga solidaria con sus alumnos, afirmaron el jueves 1 de octubre que «son las fuerzas del orden las que crean el desorden». El exministro de Educación Jean-Michel Blanquer también se había indignado en 2018 por las palabras de un policía de Mantes-La-Jolie ante alumnos arrodillados durante horas: «Esta es una clase que se porta bien».
Tras ocho días de golpes, gases lacrimógenos y detenciones, el movimiento no se disolvió. El 6 de octubre, la convocatoria de huelga de la CGT y una movilización conjunta de secundarios, universitarios y trabajadores se abrieron paso. Con el 17 de octubre cada vez menos simbólico, el texto prevé una represión más metódica y una respuesta política de mayor nivel por parte del poder.
Humor, irreverencia y rechazo de la normalidad
El marco orwelliano permite únicamente las críticas validadas por el poder. La violencia deja de ser el síntoma de un conflicto profundo y pasa a ser la supuesta esencia criminal del movimiento. El sistema admite reclamos técnicos, como pedir sillas o docentes, pero reprime todo aquello que pueda abrir un espacio material y mental para una nueva libertad.
Las consignas irreverentes de la juventud cumplen una función política. «¡Macron, cogete a tu profesora, no a las nuestras!», en referencia a que Brigitte Trogneux, esposa de Macron, fue su profesora de secundaria, o «¡Comeme la concha, no mi futuro!», expresan un rechazo al puritanismo y a la solemnidad del orden dominante.
La represión podría terminar temporalmente con ese humor, esa inventiva y esa insolencia. Pero la aparición de imaginarios disruptivos rompe la «distopía aburrida» evocada por Mark Fisher: un mundo burocratizado, gerencializado, precario, alienante y subjetivamente gris. Entre las nubes de gases lacrimógenos no solo aparecen Batman o el Hombre Araña, sino una ofensiva contra el espíritu cuartelario y la rutina de bondi, trabajo y cama que ya agota a los jóvenes.
Marcuse definía el Gran Rechazo como una protesta total, sin concesiones, contra las estructuras del capitalismo tardío y las falsas libertades sexuales, de consumo y de pensamiento. La revuelta actual cuestiona no solo el deterioro de la enseñanza y las condiciones de estudio, sino también la hipocresía de la institución escolar y universitaria, encargada de clasificar, jerarquizar y moldear a la futura fuerza de trabajo.
Los estudiantes denuncian una sociedad que les ofrece el apocalipsis ecológico y ratas en los pasillos, mientras los infantiliza al confiscarles los teléfonos y les advierte que deberán ir a la guerra. Las nuevas necesidades que expresan aparecen en risas, cantos, barricadas, bailes, juegos amorosos, el placer de mover troncos y las batallas de «farmear aura».
Muchos todavía no tienen salarios miserables en Uber, Amazon u otros espacios del capital, deudas de tarjetas de crédito o extensos historiales de ansiolíticos y antidepresivos. Pero sus hermanos mayores, sus padres y sus primos de la nueva clase trabajadora sí conocen esas realidades. Frente a la depresión, los malestares de salud mental y los pensamientos oscuros que atraviesan a la Generación Z, la rebelión afirma que persiste la capacidad de decir «no».
Los jóvenes reclaman recursos, pero también quieren aprender, comprender, ser plenamente libres, disponer de tiempo para la belleza y la alegría, y vivir la solidaridad con sus pares y con los mayores. En otras palabras, reclaman «un futuro mejor». Al vincular el techo deteriorado de un baño escolar con el genocidio en vivo del pueblo palestino, recuerdan que la distopía no pertenece solamente a Orwell, Kubrick o Gattaca: ya se vive dentro de ella.
Gran Rechazo y estrategia
El texto sostiene que la espontaneidad, aunque vital, no basta para construir una estrategia. La ampliación de la movilización traerá una creciente heterogeneidad sociológica, política y cultural, y la cuestión de la violencia seguirá siendo motivo de debate. La autoorganización será decisiva: hacen falta planes de acción, comités que los impulsen y coordinen, y una presión sobre las centrales sindicales, cuyo silencio o inercia revelarían distintos grados de connivencia con el orden establecido.
Los primeros encuentros entre estudiantes y trabajadores son presentados como prometedores. La solidaridad de los «blanquitos» parisinos con los jóvenes racializados de las periferias populares, que iniciaron la lucha, expresa un rechazo a la injusticia y una conciencia de estar del mismo lado. La consigna dirigida al magnate mediático Vincent Bolloré —«¡La juventud dorada le dice a Bolloré que se vaya a cagar!»— es citada como ejemplo de ese vínculo.
En las redes sociales abundan las críticas a la resignación frente a las exigencias del capitalismo. A quien afirma trabajar de 7 a 21, incluso los fines de semana, y no quejarse de la jornada escolar de 8 a 18, los jóvenes responden: «¡Bravo, te ganaste el Balón de Oro al esclavo del siglo!» o «¡Bueno, dale, seguí cerrando el pico entonces!». El texto interpreta esos afectos como una fuerza revolucionaria y como una impugnación de toda naturalización de las relaciones de poder.
«¿Pero quién nos protege de la policía?»
Más allá de las consecuencias inmediatas de la revuelta, el clima político del país habría cambiado cualitativamente. La combinación entre una estrategia capaz de canalizar la ira y la fuerza moral de quienes se niegan a rendirse es considerada explosiva. Por eso, la próxima elección presidencial aparece a la vez cercana y lejana: la situación puede modificarse rápidamente.
El texto afirma que el orden burgués, sus partidos, aparatos y unidades especiales se preparan para una guerra civil, aunque no son invulnerables. Los secundarios aprovechan cada oportunidad para humillar a las fuerzas represivas. Y concluye que, así como no existió un gaullismo bueno, tampoco puede existir ni existirá un macronismo bueno.
Retomando a Jean-Paul Sartre, se plantea que denunciar la represión no debe servir para mejorar el régimen, sino para mostrar su «innoble desnudez». La represión sería una forma crónica, y a veces aguda, de la lucha de clases ejercida por la patronal, frente a la cual debería oponerse una contra-represión permanente. No se trataría de una indignación moral ante crímenes contingentes, sino de una lucha política contra crímenes que la clase dominante no podía dejar de cometer.
La conclusión es que la clase dominante pone en peligro a la juventud porque la juventud representa un peligro para ella: hace estallar la «bella mentira» hegemónica. La contradicción entre el Orden y el Gran Rechazo, entendida como lucha de clases, ha regresado a las calles de Francia.
