La Lista Estudiantil se impuso en las elecciones parlamentarias anticipadas celebradas el domingo 25 de octubre en Serbia. El presidente Aleksandar Vučić reconoció la derrota y calculó que la candidatura surgida del movimiento estudiantil obtendría entre 135 y 140 de los 250 escaños, mientras que su bloque conseguiría 105. Aunque se trata de resultados preliminares, esas cifras darían a la lista una mayoría absoluta. Vučić había dimitido de la Presidencia para competir por el puesto de primer ministro.
Con una participación cercana al 70 %, miles de personas ocuparon las calles de Belgrado para celebrar el resultado. La victoria deja abiertas cuestiones centrales, entre ellas la formación del futuro gobierno y la definición de quién encabezará el Poder Ejecutivo.
La derrota del oficialismo representa un logro democrático relevante. Quienes resistieron la intimidación y mantuvieron las protestas lograron romper el dominio electoral gubernamental. Sin embargo, esta conquista también abre nuevos desafíos: la organización desarrollada durante la rebelión deberá sostenerse para reclamar responsabilidades por la corrupción y la represión, defender las demandas populares e impedir que el porvenir del país quede exclusivamente en manos de los representantes parlamentarios.
El proceso de movilización que condujo a estas elecciones tuvo su origen en la tragedia del 1 de noviembre de 2024, cuando el derrumbe de una marquesina en la estación ferroviaria de Novi Sad causó 16 muertes. Las sospechas de corrupción, negligencia y encubrimiento transformaron el reclamo de justicia en una protesta de alcance nacional. Las tomas de universidades, las asambleas estudiantiles y las movilizaciones masivas terminaron cuestionando al conjunto del régimen.
El Gobierno respondió combinando descalificaciones políticas e intimidación. Entidades de observación electoral denunciaron una cobertura mediática desequilibrada, la utilización partidaria de recursos estatales y casos de violencia y amenazas contra activistas. Por su parte, Vučić acusa a sus adversarios de actuar como instrumentos de potencias extranjeras.
La protesta, no obstante, desbordó el ámbito universitario. Estudiantes, docentes, agricultores y otros sectores confluyeron en las calles. Esta amplitud constituye una de las principales fortalezas del movimiento, al vincular la corrupción y el autoritarismo con un sistema donde el poder político, los intereses económicos y el control institucional se refuerzan entre sí.
Pese al crecimiento económico registrado por Serbia en los últimos años y a sus tasas oficiales de desempleo relativamente bajas, una parte importante de la población enfrenta salarios insuficientes, precariedad laboral, emigración juvenil y una creciente dependencia de la inversión extranjera. Los beneficios de ese crecimiento se concentraron en determinados grupos empresariales y sectores relacionados con el Gobierno, mientras la mejora de las condiciones de vida continúa siendo limitada para grandes mayorías. En este contexto, la corrupción denunciada por el movimiento estudiantil aparece como una expresión concreta de la subordinación de las necesidades sociales a los intereses económicos y políticos dominantes.
Una rebelión que superó a la oposición tradicional
La Lista Estudiantil está integrada por 250 candidaturas elegidas en asambleas universitarias. Entre sus integrantes figuran docentes, médicos, ingenieros, artistas y otras personas sin trayectoria en la política tradicional. El movimiento intentó preservar una estructura descentralizada y evitar que el liderazgo se concentre en una sola figura.
Su plataforma de once puntos prioriza la lucha contra la corrupción, la rendición de cuentas, la reforma institucional, la independencia de la Justicia y la libertad de prensa. También incluye propuestas sobre educación, salud y costo de vida. Sin embargo, el programa no plantea un proyecto definido para transformar las relaciones económicas y sociales.
La amplitud de la movilización permitió reunir a sectores que no necesariamente comparten todas sus posiciones políticas. Al mismo tiempo, desplazó a una oposición tradicional fragmentada y desacreditada, que durante los años de predominio del SNS no había logrado consolidar una alternativa de masas.
Luego de la victoria electoral, la cuestión central será determinar qué intereses sociales orientarán al próximo Gobierno y qué capacidad conservarán los sectores movilizados para intervenir en sus decisiones. La lucha contra la corrupción y la defensa de las libertades democráticas son fundamentales, aunque no resuelven por sí mismas qué política adoptar frente a la precariedad, los salarios, los servicios públicos, las privatizaciones o el poder de los grandes empresarios.
La renovación de funcionarios e instituciones no implica necesariamente una transformación en la vida de las mayorías trabajadoras. Del mismo modo, que lleguen al Gobierno personas sin carreras partidarias no garantiza que sus medidas respondan a los intereses de quienes viven de su trabajo.
El ingreso del movimiento al terreno electoral
La experiencia reciente de otros países plantea advertencias. En España, Podemos nació al calor del movimiento de los indignados. En Grecia, Syriza canalizó el masivo rechazo a las políticas de austeridad impuestas por la Troika, integrada por la Unión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional. Ambas fuerzas neorreformistas, presentadas como expresiones de la ciudadanía o de los movimientos, obtuvieron importantes triunfos electorales.
Sin embargo, una vez en el poder, terminaron administrando el mismo orden social que habían prometido modificar. No rompieron con la Unión Europea ni cuestionaron las bases del capitalismo en sus países, y aplicaron los mismos planes de ajuste que habían dicho combatir.
Esta trayectoria evidencia que un movimiento de masas no es equivalente a un partido político. La amplitud que permite movilizar a cientos de miles de personas contra un gobierno puede ser una fortaleza, pero también supone la coexistencia de intereses de clase diferentes e incluso contradictorios. Por eso, el problema no se limita a quién ocupa los cargos públicos, sino que incluye el programa defendido y la clase social que conduce el proceso político.
En Serbia, la heterogeneidad de la Lista Estudiantil fue una de las claves de su crecimiento. Precisamente por ello, sigue pendiente la interrogante sobre el rumbo que tomaría si alcanzara el Gobierno. Su programa cuestiona la corrupción y el autoritarismo de Vučić, pero no define posiciones sobre asuntos como la propiedad de los grandes medios de producción, el papel de los grandes empresarios, las privatizaciones o la subordinación de la economía nacional al mercado mundial.
Sin respuestas claras ante estos temas, existe el riesgo de que la energía transformadora de la movilización se reduzca a un reemplazo de élites políticas, en lugar de producir un cambio profundo en las condiciones de vida de la mayoría.
La unidad entre trabajadores y estudiantes
La movilización estudiantil demostró que es posible desafiar una estructura de poder que parecía consolidada. Pero su fortaleza no debería valorarse únicamente por su capacidad para conquistar votos o modificar el Gobierno, sino también por su potencial para organizar a quienes sostienen la actividad económica del país y padecen las consecuencias de las decisiones políticas.
La unidad obrero-estudiantil no significa que los trabajadores se limiten a acompañar pasivamente las reivindicaciones universitarias, ni que el movimiento estudiantil quede subordinado a las actuales direcciones sindicales. Supone vincular las demandas democráticas de los estudiantes con las exigencias económicas y sociales de la clase trabajadora, preservando la capacidad de organización y decisión mediante organismos de autoorganización y recurriendo a métodos históricos de lucha obrera, como la huelga y el paro.
Entre las demandas inmediatas se encuentran una investigación independiente y el castigo a los responsables de la tragedia de Novi Sad; el fin de la represión y la intimidación política; la libertad de organización y de protesta; la defensa de la educación y la salud públicas; salarios dignos; estabilidad laboral; garantías frente a los despidos; y un control público y democrático sobre las obras y recursos que hoy alimentan prácticas de corrupción.
Esta unidad tampoco debe borrar las diferencias entre sectores sociales. Los estudiantes fueron el impulso inicial de la rebelión, pero, según el planteamiento del artículo, únicamente la intervención independiente de la clase trabajadora puede brindar al movimiento la fuerza social necesaria para enfrentar no solo a un Gobierno específico, sino también a los intereses económicos que sostienen el orden vigente. Desde esta perspectiva, la hegemonía obrera es una necesidad estratégica para vincular las demandas democráticas con una transformación social más profunda.
La unidad requiere, además, independencia política. Los trabajadores no deberían limitarse a constituir una base social para que nuevos administradores ocupen las instituciones existentes. Necesitan organizaciones propias, debate democrático y un programa que confronte los intereses empresariales cuando estos entren en conflicto con las necesidades populares.
El objetivo no es negar las diferencias entre quienes participan de las movilizaciones ni imponer una homogeneidad ideológica previa. Se trata de construir acuerdos a partir de luchas concretas, debatir abiertamente las divergencias y evitar que la oposición a Vučić derive en subordinación política a cualquier alternativa electoral.
Ni Vučić ni la subordinación a Bruselas
Otro eje de debate es la relación entre Serbia y la Unión Europea. El país es candidato a la adhesión desde 2012 y las negociaciones siguen en curso, aunque enfrentan dificultades. Sin embargo, la prensa internacional no informó que el ingreso a la UE sea un objetivo central de la Lista Estudiantil en estas elecciones.
Por el contrario, el movimiento evitó fijar una posición común sobre la incorporación a la Unión Europea y otros asuntos de política exterior, con el objetivo de mantener unido a un electorado diverso. Algunos de sus miembros apoyan la integración europea, mientras que la lista defendió mantener la política de no aplicar sanciones contra Rusia. Por ello, el artículo sostiene que no corresponde identificar automáticamente al movimiento con el programa de los partidos liberales que promueven abiertamente el ingreso a la UE.
La falta de una definición común no elimina la necesidad de discutir el asunto. Según esta posición, la Unión Europea no representa una alternativa de emancipación para la clase trabajadora, ya que sus instituciones expresan los intereses de Estados y economías capitalistas dirigidas por imperialismos como el francés y el alemán. La integración europea no asegura por sí sola salarios dignos, derechos laborales, servicios públicos de calidad ni control democrático de la economía.
Las exigencias de competitividad, disciplina fiscal y adecuación al mercado europeo pueden utilizarse, según el texto, para justificar recortes, privatizaciones y medidas de ajuste. De este modo, el rechazo al autoritarismo de Vučić no debería traducirse en confianza política hacia Bruselas. La defensa de las libertades democráticas tampoco exigiría alinearse con la UE, Rusia u otra potencia, sino impulsar una política internacional independiente basada en los intereses de la clase trabajadora serbia y en la solidaridad con los trabajadores de los Balcanes y de Europa.
El debate adquiere mayor relevancia en el marco de la guerra en Ucrania. El Gobierno de Vučić intentó equilibrar sus relaciones con Occidente y Rusia: Serbia condenó la invasión rusa en Naciones Unidas, pero rechazó sumarse a las sanciones de la Unión Europea contra Moscú. Esta política refleja tanto la histórica relación entre Belgrado y Moscú como los intereses de una burguesía serbia que busca obtener beneficios de sus vínculos con distintos bloques de poder. Rusia fue considerada históricamente como protectora de los eslavos y, por ese motivo, intervino en defensa de Serbia durante la Primera Guerra Mundial.
El texto sostiene que la clase trabajadora no tiene nada que ganar con un alineamiento ni con el imperialismo occidental ni con la oligarquía rusa. La discusión no consistiría en elegir entre dos bloques capitalistas o aceptar la tutela de una potencia, sino en definir qué sectores se beneficiarán de los cambios y quiénes asumirán sus costos. Una política independiente, según esta mirada, exige rechazar tanto la agresión de Putin en Ucrania como los intereses geopolíticos de la OTAN y la Unión Europea.
Más allá de las elecciones
Las elecciones pueden inaugurar una nueva etapa, pero no resolverán por sí mismas la crisis que les dio origen. Incluso un triunfo de la Lista Estudiantil deberá enfrentar instituciones, burocracias y relaciones de poder construidas a lo largo de años.
La experiencia de Serbia deja, según el artículo, una enseñanza que excede sus fronteras: la juventud puede impulsar movilizaciones masivas y cuestionar a gobiernos que parecían invulnerables. Pero la fuerza desplegada en las calles no debería quedar reducida a la competencia electoral ni agotarse con la sustitución de funcionarios.
La lucha contra la corrupción debería avanzar hacia el control democrático de los recursos públicos; la defensa de las universidades tendría que enlazarse con la protección de los servicios públicos; y la exigencia de libertades políticas debería acompañarse con organización colectiva en los lugares de trabajo. En ese terreno podría construirse una alternativa frente al autoritarismo y la desigualdad social.
La unidad obrero-estudiantil no surge automáticamente de la masividad de las marchas ni del carácter juvenil de la protesta. Es una tarea política que demanda organización, deliberación y un programa propio. La independencia de clase no significa aislarse de quienes luchan contra el Gobierno, sino intervenir en esa lucha sin abandonar los intereses de las mayorías trabajadoras.
Desde La Izquierda Diario y la Corriente Revolución Permanente – Cuarta Internacional, se plantea que la unidad entre obreros y estudiantes, junto con la movilización callejera, puede favorecer la construcción desde abajo de comités de lucha y organismos de autoorganización. Desde esa orientación, señalan su participación en manifestaciones en Francia mediante la agrupación juvenil Le Poing Levé, en las acampadas por el derecho a la vivienda de Contracorriente, en tomas estudiantiles en Italia junto a la Fracción Internacionalista Revolucionaria y en Alemania mediante la agrupación Armas de la Crítica contra el servicio militar obligatorio.
