Los ecos de La Marsellesa y La Internacional atraviesan Europa. Mientras la ultraderecha internacional reclama represión y expulsiones masivas de inmigrantes en nombre de “Occidente”, la Francia sublevada ofrece una perspectiva a los explotados y oprimidos de distintos países.
“Las revoluciones son la respiración de la historia”, escribió Enzo Traverso. Francia todavía no atraviesa una revolución, pero entre las barricadas, el humo y los gases lacrimógenos vuelve a sentirse un aire que permite respirar tras la asfixia provocada por la decadencia capitalista, las muertes de miles de inmigrantes en el océano y la devastación de Gaza bajo las bombas sionistas.
Entre las barricadas de París se respira.
La ultraderecha reacciona con impotencia ante la violencia en las calles francesas. En Argentina, el troll center mileísta despliega acusaciones contra el Islam y una supuesta invasión musulmana. En nombre de Occidente, reclama balas y represión.
Se trata de un anacronismo y una reacción cultural. La propia noción de Occidente ha tenido históricamente un sesgo eurocéntrico y racista. China, enorme, potente y creativa, ya se desarrollaba a orillas del Mar Amarillo mucho antes de que las culturas consideradas occidentales siquiera comenzaran a formarse. La exaltación del imperialismo europeo y estadounidense convirtió a “Occidente” en la marca del colonialismo explícito, del saqueo y del robo de bienes y riquezas a otros pueblos.
Francia practicó ese occidentalismo durante siglos, desde América del Norte y el Caribe hasta el sudeste asiático y gran parte de África. Aquel Oriente colonizado llegó luego al país galo a través de intensas oleadas migratorias. Llegó a una nación que, bajo el nombre de la civilización, le impuso dictadores, normas y lenguas. Entró en Occidente porque antes había sido esclavizado por él.
Esa Francia hija de la inmigración está presente en las barricadas. Como señaló Alexis Durey, la rebelión transpira anticolonialismo: expresa el odio acumulado por generaciones hacia un Estado imperialista que, además de desprecio, les ofrece un futuro de carencias.
Para el Gordo Dan, no se trata del Islam. La rebeldía juvenil habla en nombre de casi toda Francia.
Se rebelan también los hijos de la elite que estudian en Sciences Po Paris o en la École Normale Supérieure (ENS) y advierten que el futuro prometido es una mentira. La docencia se moviliza contra el ajuste fiscal que prioriza los misiles sobre las aulas. Se levanta la Francia obrera y popular, que no puede cargar combustible en su auto para ir a trabajar, así como la Francia endeudada, sometida a intereses punitorios que destruyen su economía.
Los ecos de La Marsellesa y La Internacional ya alcanzan al viejo continente. París, la ciudad luz, arde e ilumina Europa. La rebelión se extiende a Lisboa y Milán, Bruselas y Tirana, y se proyecta sobre el mundo, despertando la furia de conservadores y reaccionarios.
Todavía no es la gloriosa Primavera de los Pueblos de 1848. Sin embargo, un actor fundamental apenas comienza a movilizarse. Quebrar el viejo orden imperial, cada vez más orientado a la guerra, requiere toda su fuerza: el poder social con el que la Francia proletaria paralizó el país durante las huelgas generales de 2023. También la fuerza del proletariado portuario italiano que, al grito de “Blocchiamo tutto”, detuvo el envío de armas a Israel desde Ravenna, Livorno y Taranto.
“La barricada cierra la calle, pero abre el camino”, escribieron jóvenes franceses en los muros del París rebelde de 1968. Las barricadas actuales, levantadas a metros de los Campos Elíseos, abren paso a ese poder social. Su despliegue dependerá de numerosos factores, entre ellos la necesidad de superar los límites impuestos por burocracias de todo tipo.
Silvio Rodríguez cantó: “Hay que quemar el cielo, si es preciso, por vivir”. A su manera, la Francia insurrecta parafrasea esa idea al quemar un mundo decadente, con la expectativa de que en sus cenizas germine el futuro.
Foto: Martin Barzilai
