Emilio Albamonte y Matías Maiello presentan el nuevo prólogo para la edición completa en inglés de Estrategia socialista y arte militar, libro publicado originalmente en castellano en 2017, al cumplirse cien años de la Revolución rusa, y posteriormente editado en francés y portugués. A casi una década de aquella primera publicación, los autores revisitan sus problemas centrales a la luz de las profundas transformaciones del escenario mundial.
El texto dialoga especialmente con el número 33.4 (2025) de la revista marxista británica Historical Materialism, dedicado a la estrategia y editado por Josep Maria Antentas y Panagiotis Sotiris. Ante la observación de Antentas de que el libro buscaría reforzar el paradigma de Octubre de 1917, Albamonte y Maiello aclaran que no presentan aquella revolución como un modelo ahistórico que deba repetirse.
Los autores recuperan una advertencia de León Trotsky: la combinación específica que permitió la insurrección rusa de 1917 no podía erigirse en una ley aplicable a otros procesos. Las condiciones rusas incluían un régimen burgués aún incompleto, el armamento generalizado de las masas y la experiencia previa de los soviets de 1905. Trotsky, además, había señalado que la guerra civil en Occidente asumiría rasgos más posicionales que en Rusia.
Clase, partido y dirección
La discusión se apoya en la reflexión de Carl Clausewitz sobre la guerra y su denominada “extraña trinidad”: las pasiones populares, el cálculo de probabilidades y azar ligado al ejército y los mandos, y la política del gobierno. Para los autores, esta elaboración puede establecer un paralelo crítico —sin desconocer sus diferencias— con la relación entre clase trabajadora, partido revolucionario y dirección.
En esta formulación, ni el partido ni la dirección revolucionaria existen como datos dados: deben construirse en la lucha de clases. A la vez, la clase trabajadora posee una capacidad de autoorganización que se expresó históricamente mediante soviets, consejos y otras instituciones propias. La clave estratégica reside en no disolver ninguno de esos tres polos —autoactividad de la clase, cálculo estratégico y política revolucionaria— en los otros.
El texto cuestiona dos negaciones de esa relación. Por un lado, el aparatismo, asociado a máquinas electorales o sindicales que autonomizan su dirección de las masas. Por otro, el autonomismo, que reemplaza la estrategia por una concepción normativa del antagonismo social y rechaza cuestiones como el frente único, las alianzas tácticas o la toma del poder.
Los soviets y el frente único
Según Albamonte y Maiello, buena parte de los procesos de lucha de clases desarrollados desde 2011 —desde la Primavera Árabe hasta el ciclo abierto por los Chalecos Amarillos a fines de 2018— tuvieron una dinámica predominantemente revulsiva: movilizaciones de gran energía e incluso caídas de gobiernos, pero sin instituciones de autoorganización capaces de unificar al movimiento de masas. En consecuencia, muchas de esas experiencias quedaron absorbidas por los marcos del Estado capitalista.
Frente a la propuesta de Sotiris de un “frente único integral”, los autores destacan el papel histórico de los soviets o consejos como organismos de frente único de masas. Recuerdan experiencias de este tipo en Rusia en 1905 y 1917, Alemania en 1918, Italia entre 1919 y 1920, Hungría en 1956, Portugal en 1974, Irán en 1979 y Chile entre 1972 y 1973.
Estos organismos no surgieron de diseños previos, sino de necesidades concretas de lucha. En sus formas más desarrolladas, se organizaron mediante delegados elegidos y revocables en fábricas, empresas, campos, escuelas, universidades y barrios. Su potencial residía en articular reclamos diversos y expresar una forma de poder alternativo. Ninguna coalición electoral, frente de organizaciones o gobierno de izquierda puede sustituir esa capacidad de autoorganización, sostienen.
La construcción de organismos de masas exige resolver en la práctica el problema del frente único: unificar a la clase trabajadora por encima de sus divisiones para enfrentar al enemigo de clase, sin renunciar a la disputa abierta por un programa y una estrategia revolucionarios. La fórmula recuperada de la III Internacional es “golpear juntos, marchar separados”.
Grecia y el problema de la unidad de masas
El proceso griego iniciado en 2010, que llevó a Syriza al gobierno en 2015, ocupa un lugar central en el debate. Sotiris sostiene que Syriza carecía de una estrategia acabada sobre el poder político y subestimó la capacidad de la Eurozona para bloquear una ruptura. Considera que el referéndum del 5 de julio de 2015, en el que el “no” a la Troika superó el 60 % de los votos, fue el momento más favorable para una ruptura.
Los autores comparten que ese momento representó una oportunidad perdida, pero subrayan que debe analizarse el ciclo previo de luchas. Entre 2010 y 2012 hubo decenas de huelgas generales, movilizaciones masivas y enfrentamientos con la policía. Sin embargo, las burocracias sindicales y políticas impidieron la construcción de un frente único efectivo. El ascenso electoral de Syriza fue, para ellos, el correlato de una lucha social fragmentada y desgastada.
La cuestión que deja planteada Grecia es cómo imponer la unidad de acción con clases trabajadoras fragmentadas, burocracias sindicales y sociales hostiles, y organizaciones revolucionarias débiles.
Comités de acción y autoorganización
Como respuesta a ese problema, Albamonte y Maiello retoman la noción de comités de acción elaborada por Trotsky para Francia a mediados de la década de 1930. Estos no son soviets ni reemplazan a los partidos, sino instituciones surgidas de los sectores en lucha para coordinar conflictos, unificar a la vanguardia y quebrar la resistencia de los aparatos burocráticos al frente único.
Trotsky los definía como una representación revolucionaria de las masas en lucha, un instrumento de combate que no se convoca por estatuto ni mediante mecanismos formales preestablecidos. En determinadas circunstancias, los comités de acción podrían convertirse en soviets. Para los autores, constituyen un eslabón entre la dispersión de los conflictos, el frente único y la pelea por organismos de tipo soviético.
Esta perspectiva se diferencia tanto de la expansión meramente organizativa de un aparato como de los “partidos amplios anticapitalistas” estructurados en tendencias permanentes, donde la actividad común suele quedar reducida a campañas electorales y los momentos decisivos terminan sin resolución política colectiva. Se mencionan los casos del NPA en Francia y de Antarsya en Grecia.
Estado, burocracia y disputa en las organizaciones de masas
El artículo polemiza con las concepciones de Nicos Poulantzas retomadas por Sotiris sobre el Estado como condensación material de relaciones de fuerza. Los autores sostienen que, si el Estado fuese simplemente esa condensación, una relación de fuerzas suficientemente favorable podría permitir la transformación social sin destruir el aparato estatal burgués.
Su tesis alternativa plantea que, desde fines del siglo XIX y comienzos del XX, las organizaciones del movimiento obrero y de otros movimientos sociales se convirtieron en campos de batalla. La burguesía, mediante el Estado y con las burocracias como avanzada, interviene dentro de sindicatos y organizaciones de masas para integrarlos, disciplinarlos y fragmentarlos.
Esto no implica que esas organizaciones estén inevitablemente perdidas: en tanto expresan conquistas de democracia obrera, pueden ser recuperadas para fines revolucionarios. Pero la lucha contra la burocracia no puede ser postergada para después de la toma del poder; constituye, según el texto, una dimensión cotidiana de la formación de la clase trabajadora como sujeto hegemónico.
El partido como multiplicador estratégico
Para Albamonte y Maiello, un partido revolucionario no debe limitarse a representar a la clase trabajadora ni a sumar afiliados. Su función es impulsar su organización independiente, vincularse con los sectores más avanzados y desarrollar una estrategia capaz de influir en procesos protagonizados por millones de personas.
Por eso proponen pensar el partido como un multiplicador estratégico, tomando un concepto de la teoría militar: un factor que incrementa de modo decisivo la efectividad de una fuerza. También los organismos de autoorganización cumplen ese papel, porque centralizan democráticamente una fuerza social dispersa y extienden su capacidad de acción.
La construcción partidaria, agregan, exige una fusión entre socialismo y movimiento obrero, no una simple coalición entre organizaciones existentes. Esa fusión debe medir su resultado por la fuerza material y moral que produce, y no por la suma de aparatos que incorpora.
Doble poder y la experiencia portuguesa
El problema del poder concentra las diferencias con Sotiris. Los autores cuestionan la idea de consolidar logros del contrapoder mediante acuerdos institucionales sancionados por el Estado, porque entienden que esa integración puede transformar los organismos de autoorganización en apéndices del orden existente.
Como antecedente, citan la propuesta de Rudolf Hilferding en 1919 de incorporar los consejos obreros a la Constitución de Weimar. Para Trotsky, esa alternativa implicaba combinar la dictadura del proletariado con la de la burguesía bajo la Constitución. En cambio, los organismos de clase deben desarrollarse como instituciones de lucha contra el Estado burgués, convertirse eventualmente en órganos insurreccionales y, tras un triunfo, en órganos de la dictadura proletaria.
La Revolución portuguesa de 1974-1975 es presentada como una experiencia decisiva. Tras el 25 de abril de 1974 se multiplicaron los comités de empresa, que llegaron —según algunas estimaciones— a cuatro mil en todo el país; también surgieron comités de moradores, ocupaciones de viviendas y tierras, y comités de soldados como los SUV, Soldados Unidos Vencerão.
La historiadora Raquel Varela caracteriza ese proceso como una experiencia de doble poder. Sin embargo, los organismos obreros y populares no lograron centralizarse a escala nacional en un poder semejante a un soviet capaz de resistir el golpe que puso fin al proceso. Los autores atribuyen esa falta de centralización no a una supuesta inmadurez de las masas, sino a la acción de los aparatos burocráticos y, especialmente, a la política del Partido Comunista Portugués, que impulsó la Intersindical como contrapeso de los comités de empresa y priorizó una política de alianzas de frente popular.
La Constitución portuguesa de 1976 incorporó algunas conquistas, incluidas las comisiones de trabajadores, pero para los autores esa institucionalización formó parte de la liquidación de la revolución y abrió el camino a la posterior contrarrevolución neoliberal.
Guerra, autodefensa y revolución
El texto señala que las cuestiones político-militares ocupan un lugar insuficiente en el número de Historical Materialism. Los enfrentamientos físicos, sostienen, no aparecen solamente en situaciones insurreccionales: acompañan la lucha de clases en distintos grados, desde los piquetes de huelga hasta las milicias obreras cuando los choques se generalizan.
Los autores mencionan el fortalecimiento de tendencias bonapartistas, el desarrollo de instituciones como el ICE en Estados Unidos con unidades tácticas de rasgos paramilitares, y la existencia de bandas fascistas o de ultraderecha, desde Aurora Dorada en Grecia hasta grupos como los Proud Boys y Patriot Prayer en Estados Unidos.
Recuperan la propuesta de Trotsky de impulsar la autodefensa obrera frente a las bandas patronales, fascistas o burocráticas. La defensa de las organizaciones, reuniones y prensa obrera requiere formas de organización acordes al nivel de enfrentamiento. En este sentido, la cuestión militar atraviesa tanto la defensa como el doble poder y el debate sobre un gobierno obrero.
La guerra como problema estratégico mundial
Albamonte y Maiello afirman que no es posible pensar la estrategia revolucionaria contemporánea sin considerar la guerra. Desde Ucrania en 2022 hasta Gaza e Irán, las guerras y tensiones interestatales se convirtieron, según su análisis, en factores decisivos de la situación mundial.
El texto sostiene que Ucrania puso en primer plano el retorno de la guerra interestatal entre potencias, con Estados Unidos y la OTAN involucrados por procuración. El genocidio del Estado de Israel en Gaza, las tensiones comerciales y militares entre Estados Unidos y China, y la guerra en Irán son presentados como expresiones de un cuestionamiento más amplio del orden mundial posterior a la restauración burguesa.
Los autores remarcan que guerra y revolución están históricamente relacionadas: la Comuna de París surgió tras la guerra franco-prusiana; la Revolución rusa de 1905, después de la guerra ruso-japonesa; las revoluciones rusa de 1917 y alemana de 1918, en el marco de la Primera Guerra Mundial; y la Revolución portuguesa, vinculada a las guerras coloniales.
Gran estrategia e internacionalismo
Finalmente, el prólogo defiende el concepto de gran estrategia para referirse a una perspectiva fundada en la teoría-programa de la revolución permanente. Mientras la estrategia revolucionaria vincula las luchas inmediatas con la toma del poder, la gran estrategia enlaza los procesos nacionales con su desarrollo internacional y con el objetivo mundial de una sociedad de productores libres y asociados.
Esta perspectiva se diferencia de la gran estrategia entendida como seguridad nacional de un Estado imperialista: su sujeto no es el Estado, sino una clase internacional; su marco no es el interés nacional, sino la lucha de clases mundial. Desde esa óptica, el antiimperialismo es un componente central de la estrategia y la revolución en los países oprimidos se conecta con la lucha socialista en los países imperialistas.
Los autores concluyen que Octubre de 1917 no se repite, pero que su núcleo estratégico sigue siendo un punto de partida indispensable. La tarea, plantean, consiste en reconstruir y actualizar ese núcleo para las condiciones políticas, sociales, internacionales y militares del siglo XXI.
